Una madre y su hijo viviendo en un asilo de Piura

Una madre y su hijo viviendo en un asilo de Piura

Eliovina Córdova García es una mujer que espera. Eliovina tiene 97 años cumplidos y no sabe qué tantos ya lleva en el asilo “Hermanitas de los ancianos desamparados” de Piura. Eliovina sonríe asida a su bastón de madera. Sentada en una silla de plástico pegada al pasillo de las mujeres, Eliovina se queda callada e intenta recordar: sus ojos apenas distinguen los colores lejanos y la figura de su hijo Andrés, un anciano sordo y mudo que a esa hora de la tarde recoge y lava los platos de la cena en el espacio de los varones.

Andrés Correa Córdova tiene 69 años. Su mamá Eliovina lo espera en su pasillo todos los días antes de las 7 de la mañana. Él le observa, le toca, entiende que está bien y se va como si estuviera trotando, risueño, atento, servicial. “Tiene Parkinson”, dice la hermana superiora, sor Yrma Calderón, frente a la capilla del asilo, lugar en el que Andresito, como le llaman allí, se tira boca abajo a rezar para que no le haga efecto “el chucaque”. ¿A qué le tiene miedo?

Eliovina cuenta su historia desde el 25 de setiembre de 1920, cuando nació en el caserío Yerbas Buenas, en el distrito de Lagunas, Ayabaca. De allí mismo era su madre, quien conoció a un campesino de Chalaco y engendraron 13 hijos. Uno de ellos era Eliovina, la última de las mujeres que trabajó en una hacienda cerca al actual caserío Culucán.

“En la hacienda trabajábamos en el campo, había ganado. Nos levantábamos a las 5 de la mañana, como aquí (el asilo). Sale la luz del sol y ya estamos que nos cambiamos… El dueño de la hacienda era el señor Eloy Torres. Pero lo mataron por una vaca durante las fiestas de Santa Ana. Qué malvada gente”.

Andresito mira atento a su madre, quien sonríe y olvida a ratos. Parece que le escucha cuando ella menciona a otro hijo, 4 años mayor que él, viviendo ahora en un caserío de Ayabaca. “Sí viene, a veces”. El temblor de los labios de Eliovina produce en su hijo una especie de movimientos repentinos, como si quisiera responder a gritos. Se calma. Se miran. El momento es eterno para los dos.

El 19 de marzo de 1950 en la noche, Eliovina amamantaba a Andrés en su casa de “la comunidad de Montero”. De pronto, un pariente llega y le sirve una tremenda noticia que la aturdió; soltó a su niño pegado al seno y este cayó de cabeza al suelo: su marido había sido asesinado en un sector La Majada. “Era el día de San José… mi hijito se cae, y por eso quedó así, sordo y mudo”.

A las 6 de la tarde, los pasillos del asilo de ancianos se convierten en plácidos túneles de aire frío. Las amigas de Eliovina rondan cerca de ella, escuchando su historia, aunque empiezan a tener frío y murmuran que ya es hora de ir a la cama. “Ella es la Meche, esta la Nohemí, allá está la María, ahí la Cruz… mira, ella es la Ester, todos los días pregunta si es que alguien viene a visitarla.

Una hora antes, Andresito el servicial lavaba los cubiertos. Tenía un polo blanco manchado por los salpicones de grasa, detergente y agua. Estaba concentrado: corre hacia las mesas de los demás ancianos, recoge los platos y tazas y en seguida vuelve a la cocina. Su amigo Jorge Yance Ramírez, otro beneficiario del asilo, dice que lo entiende perfectamente. Es mi compañero de cuarto, es mi compañero de lavado”. Su carcajada y gestos son percibidos por Andresito: un varón ayabaquino que llegó a Piura junto a su madre el 23 de enero de 1966. Tenía 18 años. Su vigor y ganas permitieron que consiga un trabajo en una tienda de abarrotes en el mercado de la ciudad. Mientras su madre se pasaba la vida como empleada doméstica, pronto encontró labores permanentes en la casa de la familia Elías Arboleda, cuyo pago fue, después de cuentas, un seguro mensual que ahora le permite a ella y su hijo vivir en el asilo: 340 soles mensuales.

El trabajo de Andrés se resume en lavar platos, cuidar las plantitas o recoger la ropa de los cordeles. Dicen las hermanas del asilo que todos le quieren. Cuando los 75 ancianos desayunan, almuerzan o cenan, son sus pasos los que producen una estridencia por los pasillos y los salones. Los demás hablan poquísimo, otros se quejan, otros quieren irse, otros no saben dónde están, otros “sufren de soledad”, como dice uno de ellos, pronto se calla, no quiere entrevistas.

La señora Eliovina, mujer de 97 años, sigue sentada en una de las sillas pegadas a la pared del pasillo. Es lo que hace todo el día, salvo los minutos de misa y comidas. De tanto en tanto conversa con alguna compañera; no sabe quién es el actual presidente de su país. Lo que menos quiere son los ataques de pánico. “Los nervios no se los deseo a nadie… Ve, allí viene mi Andresito, bonito, mi adoración, es el único que me acompaña”. Eliovina refleja en uno o tres segundos su amor por su hijo Andrés, quien no habla, no escucha, solo le observa y toca su mano como cuando llegaron de Montero a Piura.

Eliovina se va a dormir. Su hijo también. En el mismo asilo de Piura, madre e hijo esperan el siguiente día para ir a misa y verse unos minutos. No saben hasta cuándo.
Por Gerardo Cabrera Campos.

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