Tangarará: un vacío histórico

Tangarará: un vacío histórico

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José T. Muñoz

Todo comienzo es una incógnita. Los habitantes de San Miguel de Tangarará lo saben muy bien. Aquí, hace 483 años -como lo saben todos los bibliómanos e historiadores- se fundó la primera ciudad española de América del Sur; hoy, sin embargo, pocos conocen esta historia -casi una leyenda- ubicada a 200 metros de matas y tierra del río Chira.

De este comienzo de una civilización nueva hoy no quedan pequeños ranchos que circundan un pueblito de casas de cemento y techos de calamina. La que quizá pudo ser la capital de un virreinato y tal vez la de un país libre es hoy el gran fantasma, el innombrable rastro creado por eso que llamamos memoria selectiva o simplemente, indiferencia que, a sabiendas, cierra los ojos y los cubre con un pañuelo rojiblanco.

Tangar Ará, a secas, fue el nombre de un cacique derrotado por la espada de Pizarro y la cruz de Valverde en aquella época en que los caballos semejaban monstruos, los arcabuces parecían truenos y los barbudos, dioses -es curioso que los propios lugareños recuerden esa escena graficada en figurillas de barro-. Los tangararinos sospechan que las espadas y las cruces han sido cambiadas por decretos y promesas que nunca llegan y la sumen, día a día, año a año, en la disolución histórica y social.

“Yo soy de este pueblo, el primero que fundaron los españoles; Piura se ha apropiado de nuestra fecha y de nuestro nombre. Somos San Miguel, el primer San Miguel de esta zona”, sostiene un poblador, cuyo nombre prefiere no revelar.

La población en sí misma no es nada recelosa; por el contrario, es muy amable, conserva la vieja costumbre de saludar al propio y al foráneo. No hay distingos. Sin embargo, no es extraño que alguna nostalgia y una contenida rabia se les mezcle en la garganta cuando hablan de Sullana o de Piura, lugares a los que se sienten ajenos.

“Allá está la plata, aquí tenemos nuestros sembríos, tenemos nuestras tierritas, pero solo hay un colegio y nuestros animalitos; si queremos ir más allá, hay que cruzar el río, esperar una moto y luego un carro. Otros van en un carrito, pero no es suficiente. Queremos sentirnos parte de la región”, comenta María Ipanaqué., quien dice ser “tangagarina de pura cepa”. “Tanto, como la cruz de Pizarro”, bromea. 

UNA HISTORIA “LOCA”

Se presume que San Miguel de Tangarará -nombre oficializado por la reina Juana, inmortalizada después como Juana “La loca”, fue fundada en 1532, entre los días 10 y 20 de agosto de dicho año. Algunos historiadores han concluido que la fecha fue el 15 de ese mes. Así lo dijo Miguel Maticorena, parcialmente refrendado por el estudioso Teodoro Hampe.

En el museo de Tangarará, el único recinto que guarda los pocos vestigios históricos de esta zona, señala que el acta original de la fundación se halla perdida en algún archivo europeo -como el de Trujillo, que yace entre las páginas de la polvosa historia del ducado de Alba- o se perdió en uno de los varios incendios que asoló Paita, el tercer emplazamiento español luego que el paludismo exiliara a los colonos de la original Tangarará.

Ese, tal vez, fue el comienzo de un olvido que involucrará luego a la República y a nuestras modernas autoridades. Todo comienzo es un olvido.

EL PUENTE AUSENTE

Existen muchas formas para llegar a San Miguel de Tangararà: unos prefieren tomar un automóvil que lo llevará directo a la zona en 30 minutos. Otros -avisados por el espíritu de aventura y por el costo, prefieren hacer varios “trasbordos”: de Sullana a Miguel Checa, y de allí hacia el borde del río Chira. Hay que cruzarlo en bote ya que el puente Tangarará fue otra de las víctima de la ùltima corriente de El Niño. Hasta la fecha luce abandonado.

El Gobierno Regional -según se sabe- ha retomado el proyecto de reconstrucción desde de largos años, pero aún no hay ninguna de la llamadas “fechas tentativas”.

Intentamos comunicarnos con el Congreso de la República, con la vicepresidenta Marisol Espinoza, quien se hallaba en un almuerz y era imposible atendernos. Nadie se acuerda de este pueblo pionero de la presencia peninsular en el país. No solo el Congreso, sino nuestros ilustres ediles. Para dibujar el drama, Tangarará no tiene recursos básicos, más que por escasas horas. Los baños son silos y los comercios se cuentan como la palma de la mano. Afortunadamente para ellos, existe el río Chira, la única fuente de agua para matar el calor iracundo del mediodía.

Este lugar fue declarado en el 2005 como Patrimonio Cultural de la Nación y en abril del mismo año, el Gobierno Regional complementó su categoría de villa como “Primera ciudad fundada por los españoles en el Pacífico Sur y Capital Nacional de la Transculturación”.  Hasta “Distrito histórico”, la nombraron. Desde entonces, no ha pasado nada.

“Aquí, en el museo, hay dos osamentas y huacos, pero ningún arqueólogo. Menos mal que no hay dengue”, cuenta Maryorit Garcés, encargada del museo. Las banderas rojiblancas ondean en todas las casas, pero el rojo parece desteñirse y el blanco palidece mucho más.  

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