La Islilla: cuna de tradiciones ancestrales de pesca

La Islilla: cuna de tradiciones ancestrales de pesca

La Islilla. Entre las dunas y los acantilados de las playas del norte, ahí donde el muy muy se aferra a los peñascos, gritan por vivir los pescadores del desierto.

Las tardes se llenan de las fragatas y gaviotas, estas contrastaban como pájaros negros y espectrales en el gris del cielo quemado por el ocaso para echarse a perder en un segundo en el horizonte.

Aquí, el viento ruge contra las embarcaciones artesanales y obliga a los incautos a guarecerse contra la bravura de las olas; el agua salpica entre las rocas que sirven como murallas de guerra, metros allá arriba del desembarcadero; la iglesia del pueblo convoca a los vecinos quienes aprovechan las festividades religiosas para adorar a sus santos y hacer sus plegarias.

Esta casa, de dos torres y un techo de calaminas, a dos aguas ha servido a muchos pobladores de La Islilla, un pueblo a 19 kilómetros del puerto de Paita, Perú, para las reuniones y tertulias religiosas; hoy luce sus pinturas amarillas y puerta de madera. Aunque, aún se nota los rasgos verdes u otros colores con el que se le decoró.

A lo lejos se avistan tanques instalados junto a las puertas de ingreso de los domicilios, creí por un momento que eran toneladas de pescado guardados en hielo, pero no; era agua para el consumo diario y por el que se tiene que pagar varios cientos de soles para llenarlos.

Ni que decir de sus playas, preciadas por sus arenas blancas, aunque otras lucen desaliñadas y peor las que están junto al acantilado, estas se han convertido en el gran baño público y en el cementerio de basura. Las preguntas sobran pero no el entusiasmo por seguir conociendo este rincón casi olvidado y cerca al segundo muelle más importante del Perú, Paita.

Cada mañana, los niños, hijos de los pescadores de la caleta La Islilla, corren tras las basillas, unas embarcaciones artesanales hechas a base de maderas y cañas de bambú o guayaquil para acercase hacia las embarcaciones de mayor tonelaje, y poder trasladar el pescado que ha sido capturado durante las noches anteriores entre las profundidades del Mar de Grau, uno de los más ricos del planeta.

Sus constantes vientos Alisios provenientes del Sur Este, produce afloramientos de aguas ricas en nutrientes; esto genera la alta productividad primaria y favorece a la gran cantidad de fito y zooplancton que permite una alta biomasa poblacional de la anchoveta (Engraulis ringens), especie endémica del sistema de la Corriente de Humboldt, también llamada Corriente Peruana.

También se encuentra otros recursos pelágicos y que se distribuyen en aguas dentro de las 200 millas del Mar Peruano como: la pota (calamar gigante), jurel, caballa, perico, bonito, etc. Y como cada mañana, las embarcaciones una a una aparece entre el horizonte y junto a un macizo de roca en medio de la mar, la Isla Foca, para sortear las olas y adentrarse por un estrecho canal y encallar en el desembarcadero.

A veces olas son más fuertes, puesto que depende de las mareas y la intensidad de los vientos. Mientras recorro estas desaliñadas calles en busca de servicios básicos, un vaho húmedo se estrella contra mi rostro, el olor a pescado se impregna entre la ropa, sube y baja por las paredes de las pocas casas que rodean a la caleta y que se resisten a desaparecer, aunque cada año este pueblo sigue creciendo en población y lucha por sobrevivir a los fantasmas del capitalismo y a la falta de oportunidades. A lo lejos, los niños corren y se acercan a una balsilla, ellos ayudan a remar hacia la orilla de la playa.

Ahí se encuentran con otros jovenzuelos de su misma edad, otros son mayores y ponen manos a la obra para descargar la mercadería y, a cambio reciben varios ejemplares de pescado que luego atarán a una cuerda y los llevará donde sus familiares, o sino aprovechan para venderlo a los comerciantes que han sorteado los 19 km que hay entre el puerto de Paita y la caleta para comprar pescado fresco y a menor precio.

Este pueblo, no tan alejado de la modernidad, sigue padeciendo por los recursos básicos como agua y desagüe. La falta de agua potable y la expansión de la pandemia del coronavirus es letal para los pobladores que no cuentan con este recurso hídrico. No obstante, el Ministerio de Salud (Minsa), sugiere lavarse las manos por 20 segundos. Es, por el momento, la forma más efectiva de prevenir el COVID-19.

Sin embargo, el último reporte del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), de noviembre de 2019, revela que a nivel nacional el consumo de la red pública de agua es de 90,7%. De esa cifra, el 68.4% (22 millones 37 mil 514) tiene acceso a agua potable. El 22,3% (7 millones 267) no cuenta con dicho servicio.

Estás calles polvorientas de La Islilla siguen guardando tradiciones ancestrales de la pesca, las balsillas y pescar a vela. Ahí, también se encuentra la isla Foca, un kilómetro y medio de tierra frente a La Islilla (en Paita), bañada por las corrientes de Humboldt y la ecuatorial que originan un ecosistema único, capaz de albergar una biodiversidad infinita.

En solo 1,4 kilómetros de extensión, conviven lobos finos y chuscos, pingüinos de Humboldt, aves marinas, cientos de variedades de peces y hasta especies en extinción, que se dejan ver en roqueríos, cuevas y playas vírgenes.

Sin perder un minuto más, sorteo algunas balsas colocadas estratégicamente para que funcionen como un muelle y encuentro a Justo Bancayán, un pescador encargado de llevar a los viajeros a este paraíso biodiverso, en su bote de madera. El devenir de las olas asusta por unos momentos a los viajeros y su pulgar derecho empieza a señalar un macizo de roca que se asemeja a un oso polar y junto a él hay lobos chuscos.

“También se puede acampar”, asegura Justo, mientras imagino lo que sería despertar con el sonido de las aves, frente a un mar repleto de peces y hasta especies en extinción. ¡Un verdadero sueño! De vuelta a la Islilla, recorro unos cuantos kilómetros hasta legar a la playa La Grama, rodeada de los acantilados y bastas piedras de cuarzos que rodean las orillas.

La tarde se echa a perder y en el horizonte las lenguas de fuego empiezan a iluminar el cielo, las fragatas y gaviotas dan círculos concéntricos junto a los acantilados donde pasarán el resto de la noche. Es hora de realizar unos cuantos disparos y escuchar el agitar de las olas mientras se estrellan contra los cuerpos rocosos.


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