Una iglesia centenaria sobre una loma de la frontera

En junio de 1919, un grupo de vecinos y predicadores católicos subió a una loma cerca a la frontera de Perú y Ecuador, y se determinó que allí debería colocarse una cruz. Le llamaron la “Cruz Misionera” de Las Vegas, el 6 de julio siguiente: un madero de hualtaco que habían sacado de la montaña, y lo colocaron en el centro del cerro para dominar desde allí el paisaje de Sícchez, el distrito en el norte peruano, y Tacamoros, un pueblo ecuatoriano que se ve al sur, a lo lejos, entre cerros de ceibos y el verdor que permite el río Calvas.

Aunque Sícchez fue creado como distrito en abril de 1936 durante el gobierno de Oscar. R. Benavides, Las Vegas ya era uno de sus caseríos importantes, cuyas primeras sangres campesinas datan, según cuentan los más antiguos, de 1830, cien años antes. El páramo de la montaña y los bosques con tremendos árboles y pájaros sin nombre se fusionaban bien con los sembríos de yuca, plátano, café y caña. Las Vegas surgió como pueblito fronterizo; la tranquilidad de sus callecitas altas y bajas junto a las acequias, el mito o la leyenda que sus voces cuentan no pierden interés.

Me cuentan los vegueños que, antes de llamarse Las Vegas, este pueblito de Sícchez era conocido como La Loma por los residentes ayabaquinos que viajaban en sus mulas, machos, caballos o burros a trabajar estas tierras. Después llegaron los misioneros católicos y, gracias a las mingas de los pobladores, levantaron la iglesia centenaria con madera de la zona, adobones de la zona, piedras de la zona, tejas de la zona y mucha fe ante la Cruz Misionera y la Virgen de Fátima.

Mi viaje empezó en Piura, calurosa, a inicios de mayo de 2019. Aquellas semanas son propicias para visitar los pueblos serranos: las lluvias van pasando y los cerros verdes y frescos ofrecen tranquilidad y muchas historias entre copas de cañazo de verdad, cerveza, café y atados de dulce. Y la verdad es que hay tantas historias en la sierra norte del Perú que los propios piuranos no conocen, como las que se llevaron a la tumba don Pedro Rivera Mija y don Pantaleón Rivera, excombatientes de la Guerra de 1941 con Ecuador. O la de don Otilio Peña, un exsoldado que peleó en el mismo conflicto, y quien, a diferencia de los anteriores, ahora vive sus más de 100 años en una casa de Sícchez, gozando de basta memoria.

El viaje hasta Las Vegas es una aventura de, al menos, 5 horas en camioneta y hasta 7 horas en bus. Pasas Tambogrande, Las Lomas y doblas en el cruce de Sajinos por la carretera que lleva hasta Ecuador, por Macará. Tomas la vía derecha, que te conducirá a Paimas, distrito de Ayabaca. Sigues ascendiendo hasta encontrar el puente Paraje, al que le urge mantenimiento: al cruzarlo llegarás a Montero, a más de mil metros de altura, que crece sobre un valle alimentado por tres quebradas y estas, a su vez, arman una sola quebrada que conecta con la de Tondopa y forman el río Quiroz. De Montero a Jililí el viaje a Las Vegas es una travesía por trocha entre cafetales y cañaverales durante unas 2 horas.

-Dicen los mayores que este pueblo tiene más de 170 años…

– comenta Leoncio Hermosa Guerrero, mi compañero de viaje.

Leoncio, un vegeño nato, me contó por primera vez hace cinco años sobre esta edificación que guarda un mesurado estilo del siglo XIX, sin ostentaciones decorativas, pero con un altar dorado ante un amplio y ventilado salón de bancas de madera brillosas, paredones blancos y ventanales de fierro bajo un balconcillo donde se posiciona el coro y se llega al campanario. Se trata, pues, de un sitio limpio, bien mantenido por los vecinos Dolores García Chinchay y Elmer Flores Quinde.

Panorama

Desde el segundo piso de la iglesia, donde se sitúa el campanario viejo, se observa el paisaje que describo a continuación: unos niños lampean y limpian la calle junto a la plazoleta con grietas tan antiguas que por allí salen bichitos de colores y plantitas mínimas, el aire corre fresco, sin señal de neblina, y al fondo en esos cerros, a unos 8 kilómetros hacia al sur, corresponde ya a tierras ecuatorianas, precisamente a la zona de Tacamoros, cantón Sozoranga, pasando el río Calvas. Si miras al norte, la vista juega entre las montañas que inician los bosques y páramos de Sícchez y Ayabaca, y allí, como líneas imprecisas y verticales, aparecen enormes caídas de agua que solo unos pocos conocen.

Y al caer la tarde el 7 de mayo de 2019, el frío y neblina empieza a correr en estas lomas de la sierra fronteriza. El próximo 6 de julio, la iglesia con su Cruz Misionera cumplirá 100 años rodeada de fiestas, devociones y experiencias que se resisten a desaparecer. Por ahora, esta edificación histórica es administrada por una junta directiva presidida por José Morocho Abendaño, Leoncio Hermosa, Francisco Ramírez Jiménez y Ramos Chinchay García. Ellos trabajan en coordinación con los residentes vegeños en Lima, como Jorge Luis Guerrero Marchán, general en retiro de la Policía Nacional del Perú.

Al regresar, dejo a los vegueños en su cotidianeidad. Ellos me contaban que hay innumerables parajes escondidos en las montañas, más allá de los platanales y cafetales, más allá de las invernas y los últimos corrales de vacas, más allá de los aventureros caminos de los narcotraficantes, y que incluso más allá existen vestigios de edificaciones del Imperio Inca tapadas por la tierra, las plantas de los siglos y la indiferencia.

Por Gerardo Cabrera

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