Hay personas que nacen con el don del arte en las manos, y este es el caso de la señora Digna Chapilliquén. Una mujer sechurana de 57 años que, con conchas, caracolas y escamas de pescado, encontró un lenguaje capaz de sanar heridas y mantener viva una promesa hecha desde el amor más puro y sincero para su hijo Ramón.
Su historia no comenzó en una galería ni en un taller especializado. Nació hace 35 años entre las manos inquietas de una madre y la ilusión de un niño, su hijo Ramón.
“Mi primer hijo ya cumplió 35 años”, recuerda Digna mientras intenta reconstruir el origen de todo. Y es ahí donde la memoria la lleva hasta una pequeña escena cotidiana: una tarea escolar en Sechura, donde los médanos escondían conchas de abanico y pequeñas conchitas que el mar regalaba a quienes sabían mirar.
La profesora de inicial pidió un trabajo manual usando recursos del entorno. Digna decidió ayudar a su hijo. Sin imaginarlo, aquel gesto marcaría el inicio de una historia de décadas.
Sus primeras creaciones fueron unos pequeños pavitos hechos con conchas. Para moldearles el cuello derretía cera de vela en un sartén y con paciencia daba forma a cada detalle.

Este pequeño pavito, elaborado con cera y conchas marinas, ha permanecido por más de 35 años como uno de los tesoros más valiosos de la señora Digna.
“Esa fue mi primera innovación”, dice con una sonrisa que aún conserva la emoción de aquel recuerdo.
Después vinieron pequeños trabajos sobre triplay, flores y nuevos diseños. Pero detrás de cada creación había algo más fuerte que la curiosidad, la motivación de un hijo que creía profundamente en ella.
“Él me decía: ‘Mami, tienes que aprender para apoyar a los niños’. Quería que pusiera una mesita y empezara mi negocio”.
A veces los grandes sueños nacen primero en los ojos de quienes nos aman
Su primera obra reconocida fue un cuadro elaborado con conchas, una pequeña iglesia cuidadosamente decorada. Recibió felicitaciones en el colegio y, desde entonces, Digna comprendió que aquello que hacía con sus manos podía emocionar a otros.
Pero lo que para muchos era artesanía, para ella se convirtió en algo mucho más íntimo. Cuando se le pregunta qué siente al transformar elementos del mar en adornos, cuadros o piezas decorativas, hace una pausa larga. Respira. Y entonces habla desde el lugar donde habitan las heridas.
“Es una pasión y un recuerdo… porque mi hijo (Ramón) ya no está.”
Las palabras pesan. Su hijo, Ramón, falleció tras naufragar en una faena de pesca. Y desde entonces, cada caracola y cada concha que Digna recoge parecen contener una conversación pendiente.
Recuerda que iban juntos a la playa. Caminaban buscando caracolas y pequeños tesoros marinos. Él la animaba a seguir creando.
“Hazlo, mami. Innova tú. Crea tú. Vas a salir a otros lugares”. Lo dice y la voz se quiebra apenas recuerda a su amado Ramón.
Hoy Digna ha viajado representando a Piura en distintos espacios. Sus trabajos han llegado hasta Uruguay y Paraguay. Pero cada logro tiene el mismo destinatario invisible.
“Él es mi ángel. Él me guía en cada evento”.
Después de la pérdida, hubo momentos en que quiso dejarlo todo. Sin embargo, sus otros dos hijos menores la impulsaron a seguir. Ella dice que Ramón le dejó una semilla y esa semilla floreció.

Desde el cielo, su hijo Ramón acompaña cada paso importante en el camino de Digna como extraordinaria artesana. Fue él quien creyó primero en sus manos, quien impulsó sus sueños y sembró la semilla que hoy florece en cada una de sus creaciones.
Hoy trabaja con caracolas, concha de abanico, escamas de pescado, arena marina y diversos materiales con los que crea centros de mesa, espejos, cuadros, llaveros y piezas decorativas. La experiencia le ha dado velocidad, pero nunca le ha quitado sensibilidad.
“Antes demoraba mucho. Ahora ya conozco los procesos”.
Ser artesana le abrió la puerta de enseñar
Ha capacitado a madres, jóvenes y adultos, llevando su conocimiento a distintos lugares y representando a Sechura con orgullo. Cuando se le pide describirse en tres palabras, responde sin titubear:
“Talentosa, decidida y comprometida”.
Pero quizá hay más palabras que la describen: resiliente, generosa, valiente. Porque también enfrentó obstáculos. Habla del machismo, de los conflictos entre compañeras, de las dificultades que aparecen cuando una mujer decide ocupar espacios. Y en lugar de rendirse, buscó preparación. Estudió liderazgo, se capacitó y siguió adelante.

Digna Chapilliquén no es solo una artesana; es una mujer valiente que se esfuerza y se prepara día a día. Gracias a su dedicación y perseverancia, ha sido reconocida por la Universidad Nacional de Sechura, la Universidad Nacional de Piura y otras instituciones, que valoran su importante papel en la lucha frente al machismo y su admirable capacidad para salir adelante a través del arte.
“No dejé mi hogar, pero tampoco dejé mis sueños”.
Actualmente lidera una asociación conformada por 25 madres artesanas. Y aunque ha recibido reconocimientos del Congreso, del Gobierno Regional y de la universidad, todavía conserva intacta la humildad de quien no empezó buscando aplausos.

Artículos decorativos para el hogar hechos por la artesana Digna Chapilliquen.
De hecho, admite que nunca imaginó llegar tan lejos. Recuerda que antes era extremadamente tímida. Incluso dudó cuando unos jóvenes de Trujillo la invitaron a enseñar su arte.
Aceptó y ese viaje cambió algo dentro de ella. Junto a ellos montó un stand, preparó platos típicos y obtuvo un segundo lugar. Regresó con una medalla y una certeza: podía hacerlo.
“Sentí que era la guía de mi ángel”.
Hoy, con más seguridad y experiencia, mantiene viva una meta profundamente personal, hacer crecer su negocio que ya tiene nombre.
Se llama “Mi Ramoncito”. No es solo una marca. Es un homenaje.

“Mi Ramoncito” es el pequeño negocio que doña Digna impulsa día a día con amor y perseverancia, como un homenaje eterno a la memoria de su hijo.
Una manera de decir que algunas personas nunca se van del todo. Que permanecen en los recuerdos, en las palabras y, a veces, en unas manos que siguen creando porque prometieron no detenerse.
Al despedirse, Digna deja un mensaje para otras mujeres:
“Hay caídas y levantadas, pero hay que seguir adelante”. Y quizá esa frase resume su historia de vida.











