Pedregal Chico: José Durán muestra su pueblo 18 días después de la inundación

Pedregal Chico: José Durán muestra su pueblo 18 días después de la inundación

Pedregal Chico, en Catacaos, fue uno de los primeros pueblos del Bajo Piura en inundarse. El desborde del río rompió los diques reforzados la mañana del 27 de marzo pasado y enterró en lodo, heces y agua a miles de familias.  

Nadie les avisó, dicen. Oficialmente, cerca de 3.500 metros cúbicos por segundo de un río que en la madrugada ya empezaba a inundar vehículos y casas en zonas residenciales y barrios pobres de Piura y Castilla. Carlo Bertini, importante asesor del gobernador regional Reynaldo Hilbck, se desesperó en una conversación de Whatsapp desde un balconcillo de la urbanización Los Cocos del Chipe a las 5:00 a.m. Unos veinte kilómetros río abajo, en Catacaos y sus caseríos, nadie sabía lo que pasaba en la ciudad.

José Durán fue uno de ellos. Y un Jueves Santo de Semana Santa nos acompaña por las calles de su pueblo. Son las 2 p.m. Cuenta por pocos lo que sucedió aquel día aciago. “¿Por qué dicen que una parte del río se metió por acá? ¡Se metió todo el río! El dique del puente Independencia es como que represa el agua. ¡Se metió todo el río, nosotros lo vimos desde la loma!”, exclama.

Mira la cocina de mi madre

El hombre bajopiurano anda en sandalias negras sobre el suelo húmedo y soleado de Pedregal Chico. Un suelo que parece de gelatina y tiene desechos fecales: los silos y baños de aquellas casas afloraron y flotaron por los sembríos y contaminaron todo el 27 de marzo. “Hay gente que todavía saca a sus animales muertos. Están enterrados”, comenta Durán.

Vista de Pedregal chico.

 

Pasamos por una plataforma deportiva. José Durán parece que no quisiera recordar. “Esto parecía un río, por allí venía”, y señala con su mano en dirección al dique roto por la brava creciente del río Piura en el sector Dos Ánimas.

Unos minutos después llegamos a su casa. Le espera su sobrino Orestes. Tiene cerca de dos metros con barro y arena en el interior. Una refrigeradora está enlodada y abierta. José Durán sube a la parte más alta y desde allí aprecia todo lo que pudo construir. En la pieza hay cuadros colgados de la virgen María, Guadalupe, y el Señor de los Milagros. Como si no quisiera creerlo. En una pieza contigua señala un objeto blanco:

“Mira, el barro ya endureció. Más de 1.5 metros. Mira la cocina de mi madre…”, dice José. Lo demás son quejas, reclamos, incredulidades, explicaciones y peticiones a las autoridades locales y regionales para sacar el barro que está allí metido. Aunque hasta el momento nadie ha regresado a ese pueblo, pues siguen en los refugios, Durán y sus sobrinos son seguros de sí mismos: quieren regresar.

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