Por: José Neyra Moncada / Director
Los datos de este estudio no hacen referencia a un saludable escepticismo crítico de los universitarios, sino a un vacío monumental que se traduce en que apenas un 14% se declara afín a la derecha y un triste 3% a la izquierda. El resto prefiere mantenerse en el limbo político donde reina la indiferencia punzante. Este revelador hallazgo del CIOP hasta podríamos tomarlo como certificado de defunción de los partidos políticos tradicionales en Perú, pero también en buena parte de América Latina, donde -al parecer-, las ideologías por la que muchos sangraron y fueron el epílogo de encarnizados enfrentamientos, han pasado a convertirse en reliquias oxidadas, incapaces de orientar a las nuevas generaciones.
Basta revisar la historia para entender el desastre que se cierne sobre la política. En los años 60 y 70, miles de estudiantes universitarios en América Latina salían a las calles, movilizados por banderas ideológicas que podían gustar o no, pero que eran, al fin y al cabo, convicciones. En México, el movimiento estudiantil del 68 marcó un antes y un después en la relación del Estado con la juventud. En Chile, los estudiantes fueron actores clave en la resistencia contra la dictadura de Pinochet. En el Perú, las universidades fueron semilleros de izquierdas y derechas, con todas sus exageraciones conocidas, pero también con pasión y propósito. Hoy, en cambio, los jóvenes parecen más interesados en un “like”, las argollas para sus orejas, el tatuaje o el color de su cabello, que en una convicción ideológica.
La consecuencia inmediata de esta apatía es caldo de cultivo perfecto para el populismo barato y pernicioso. Lo vimos en Ecuador con el ascenso de outsiders como Rafael Correa, que supo manipular la frustración juvenil con discursos de “revolución ciudadana” mientras construía su propio culto a la personalidad. Lo hemos visto en El Salvador con Nayib Bukele, que se presenta como “el presidente más cool del mundo” y conquista a los jóvenes no con doctrina, sino con marketing digital y estrategias de redes sociales que rayan en el adoctrinamiento pop. Y en el Perú, ya conocemos el desenlace: presidentes improvisados, congresos mercenarios y movimientos sin más norte que el voto rápido.
Incrédulos
Lo irónico es que ese vacío ideológico juvenil no implica desinterés en los problemas del país. Al contrario, los jóvenes exigen empleo digno, acceso a educación de calidad, seguridad y oportunidades de emprendimiento. Pero no creen que la izquierda o la derecha, puedan resolver los problemas históricos del país. Para ellos la derecha en el Perú quedó reducida a un club de empresarios con intereses corporativos, mientras la izquierda se atomizó en discursos obsoletos, incapaces de ofrecer algo más allá de nostalgia y consignas setenteras que han sido un estrépitoso fracaso histórico (Miremos Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia, etc.).
¿Qué significa entonces que el 58% de jóvenes no tengan horizonte ideológico en sus vidas? Significa que la política peruana está a puertas de ser secuestrada por influencers y demagogos digitales (si no lo han hecho ya). Hoy no manda la ideología, manda el algoritmo. Y en ese escenario, lo que triunfa no es la reflexión, sino la frase corta, el video de 30 segundos y la indignación instantánea. Cuando la juventud deja de creer en ideologías, lo que queda es la fe ciega en caudillos.
En el Perú, ya hemos tenido nuestra cuota de caudillismo populista, desde Fujimori hasta Castillo. Ambos fueron productos de un rechazo ciudadano a los partidos tradicionales y de un electorado que vota no por convicción, sino por hartazgo. El CIOP nos dice que la nueva generación no hará nada distinto; simplemente votará más rápido, con menos filtros y con menos memoria.
¿Hay solución? No en las ideologías muertas, sino en nuevos liderazgos que construyan narrativas que conecten con causas reales como el medio ambiente, derechos digitales, igualdad de oportunidades, seguridad ciudadana, etc. Lo que en otros países ya se conoce como “política post-ideológica”. El riesgo es que en manos del oportunismo criollo, esa post-ideología se convierta en anti-política; el terreno fértil para más Castillos recargados, más Toledos angurrientos, más Fujimoris reciclados o más improvisados de turno.
Por ello, la encuesta del CIOP no debemos verla como un dato frío, sino como el espejo de la tragedia política que no ha sabido llegar a los jóvenes, de allí que tenemos una generación sin brújula y una clase política sin vergüenza. Y cuando los jóvenes no creen en ideologías, terminan creyendo en cualquiera que les venda una ilusión bien maquillada o una política convertida en espectáculo, sin ideas ni proyectos, solo likes y votos. Un paradigma por resolver.
EL TIEMPO SEMANARIO











