Por José Neyra M., director de El Tiempo
Lo lamentable es que en este tablero tramposo orquestado por el Congreso actual, el voto en blanco o el voto cruzado no castigará al sistema, como muchos creen, por el contrario, le dará poder, porque fragmentarán el Congreso favoreciendo a las argollas de siempre. El guion está escrito para que el ciudadano sea el único que pierda en su propia fiesta electoral.
En efecto, si el elector ingenuo insiste en disparar al aire con un voto cruzado o en un arranque de indignación, en blanco, solo estará aceitando los engranajes de un Senado todopoderoso que ya se saborea el banquete por adelantado. Por eso, en este sistema diseñado por y para los sobrevivientes de la política criolla que nos gobierna, votar este 12 de abril sin estrategia alguna no es un acto de rebeldía; es firmar un cheque en blanco para que los mismos de siempre gobiernen en la sombra, mientras el presidente de turno solo se dedicará a posar para las fotos. Por ello, no solo hay que cumplir con ir a las urnas, sino pensar estratégicamente y con inteligencia para no perder el voto y, en el peor de los casos, premiar a los corruptos de siempre.
Presidente sin poder
La justificación de quienes parasitan en el Congreso, es que a partir de julio de 2026 el Perú tendrá mejor calidad de leyes… eso nos venden; la realidad, sin embargo, viene con hedor fétido: el presidente 2026 será elegido democráticamente, sí, pero sin armas para su defensa, mientras que el nuevo parlamento será un inexpugnable bunker.
Lo que se esconde tras la bicameralidad es un potencial poder a través de la cámara alta (senado). El presidente electo no puede legalmente desaparecer al Senado (en el que estarán los principales líderes de los partidos políticos), con lo cual nunca podrá limpiar de corrupción a este poder del Estado, así los escándalos sean mayúsculos.
Es más, el Senado que resulte electo tiene el derecho de elegir a los “arbitros” del partido, como es al Contralor General que revisa las cuentas y contratos del Estado; designará al Tribunal Constitucional que decide si las leyes o actos del presidente son legales o no; podrán elegir al Defensor del Pueblo quien canaliza las quejas sociales; es decir, el nuevo presidente está obligado -para llevarlo a términos futbolísticos-, a jugar un partido donde el Senado pone al arbitro, a los jueces de línea y hasta al que supervisa y maneja al VAR.
Estocada final
El actual parlamento haciendo alarde de “dictadura parlamentaria” aplicó la estocada final al poder del presidente al eliminar la “cuestión de confianza”. Quiere decir que el presidente ya no puede hacer cuestión de confianza por algunas reformas constitucionales que se hagan. Si al Senado y a los diputados se les ocurre cambiar la Constitución, el mandatario no tiene el poder de detenerlos, tan solo mirar cómo desmantelan su gobierno.
Y lo más bizarro de este nuevo poder parlamentario es que aunque el presidente es el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, será el Senado quien debe ratificar los ascensos de los altos mandos. Los generales y almirantes ya no solo deben lealtad al presidente sino también al Senado. El poder militar politizado.
Lo más irónico de este nuevo escenario político es que el presidente seguirá siendo el pararrayos social. Será quien reciba las demandas de la población, será el culpable de las protestas y descontento social y demás demandas, mientras el Senado que controlará a jueces, militares y demás poderes del Estado, seguirán allí inamovibles, libres de cualquier responsabilidad y, lo más patético, nadie los podrá tocar.







