Para ciertos sectores de la izquierda radical, refundar al Perú parece exigir, irremediablemente, la demolición de sus cimientos económicos, pues bajo la desgastada retórica de la asamblea constituyente y nueva Constitución se camufla un proyecto político que, revestido de romanticismo nacionalista, atenta contra la viabilidad del país, como lo advierten economistas y políticos.
Basta someter a escrutinio el plan de gobierno del candidato Roberto Sánchez Palomino -quien exhibe un prematuro triunfalismo palaciego-, para encontrar tres propuestas concretas que liquidarían nuestra estabilidad macroeconómica y nuestra credibilidad internacional.
1. Renegociar los TLC
El plan propone renegociar los Tratados de Libre Comercio (TLC) por “afectar la soberanía nacional”. Queda la duda de si esta audacia nace del desconocimiento geopolítico o de una astuta estrategia para capitalizar el descontento de quienes consumen eslóganes en lugar de datos.
La realidad es que un país emergente como el nuestro no puede patear el tablero sin el peso hegemónico de potencias como Estados Unidos o China. Ignoran ladinamente que los TLC son el motor de nuestra agroindustria.
Gracias a ellos, el mango tambograndino, el banano orgánico del Chira, la uva y el café llegan hoy al mundo. Esta apertura genera miles de empleos formales en Piura y una recaudación tributaria que, irónicamente, es la que financia el gasto social del Estado.
2. Contratos Ley en la mira
En su plan de gobierno proponen, además, eliminar el aval constitucional a los contratos ley y regímenes tributarios, argumentando que “solo favorecen a grandes empresas”.
En cristiano están gritando: “No vengan a invertir a mi país” porque aqui se desconocen los acuerdos firmados. Además, perseguir a las empresas formales -las únicas que sostienen la base tributaria-, y destruir la seguridad jurídica es un tiro al juanete.
Los contratos ley no son caprichos corporativos, sino garantías indispensables para atraer capital a largo plazo. Dinamitar la Constitución en materia de inversiones es, sencillamente, cerrarle la puerta en la cara a la inversión extranjera; cosa de locos o de ignorantes, o ambas.
3. El pernicioso Control de Precios
La cereza del pastel es “fortalecer el Estado regulador y el control de precios”. Una frase que suena a justicia social en la tribuna, pero en la práctica es un viaje hacia nuestras peores pesadillas.
La historia económica, y el primer gobierno de Alan García, ya nos demostró qué sucede al derogar la oferta y la demanda por decreto: escasez, colas interminables y el surrealismo de comprar víveres pesando fajos de Intis.
En nuestra economía informal, controlar precios es un suicidio. El producto desaparece de las bodegas para reaparecer, por arte de magia, en el mercado negro a su precio real.
Para los radicales, el papel lo aguanta todo, pero la realidad y la economía no. Es vital analizar estas propuestas por las devastadoras consecuencias prácticas que tendrían sobre el bolsillo de ese mismo pueblo al que dicen querer salvar, pero que parecen odiar a rabiar.











