Editorial: Tener vergüenza es cosa bien rara
septiembre 7, 2023
Autor: Victor Palacios

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Para algunos, su decisión puede ser excesiva, pero Luis Advíncula sabe lo que es tener vergüenza y por eso anunció su retiro de la Selección de Fútbol.

Tener vergüenza en nuestro país es cosa bastante rara y por ello nos sorprende que un futbolista, cuyas acciones apenas influyen en los destinos de la patria, sienta sobre sí el peso de una responsabilidad tan grande como inmerecida; mientras que otros sujetos, los que deciden sobre presupuestos, sobre política interna y externa, los que gobiernan y elaboran leyes, apenas se inmutan cuando se les enrostra su conducta inconsecuente, sospechosa o incluso delictiva.

Transcurren los días y no hay novedades sobre el destino de los prófugos del entorno íntimo del presidente Castillo; tampoco hay indicios de que la oposición parlamentaria cumpla su función constitucional y vaque por incapacidad moral a Pedro Castillo, lo cual refuerza la tesis y el pregón que invita a todos los políticos de este quinquenio prematuramente fallido a retirarse y dejar de hacerle daño al Perú. También la inacción es dañina y peligrosa. Incluso un deportista sabe que su deber es irse cuando ha fracasado.

¿Por qué esto es tan difícil de entender para un político? ¿Esta incomprensión es efecto del veneno del poder y de la plata que llega sola? Probablemente.

Estamos olvidando que esta desconexión ética con la realidad acelera la ruina general del país. No tenemos presidente ni ministros ni legisladores, sino sujetos aliados -compinches, dirían algunos- por intereses que, definitivamente, no tienen que ver con el engrandecimiento de la patria.

Tampoco tienen vergüenza los periodistas y los ciudadanos que creen hacer mucho por el Perú lamentándose en sus cuatro paredes o en sus pequeños mundos de papel y tinta virtual sin animarse a ir más allá y expresar colectivamente su hastío mientras las instituciones se derrumban por el peso de la inmoralidad que ha reducido la razón estatal a mera tramitología, formalismo perverso y venalidad.

Esta enfermedad afecta a los tres poderes e incluso infecta al peruano común, el que no ostenta mayor blasón que su documento de identidad. En el poblador, el síntoma inicial de la corrupción es la ataraxia, la dejadez, la apatía; poco a poco, todo se vuelve complicidad. No dejemos que la falla del sistema nos afecte.

 

 


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