Operación Cerro Negro: a un año de la trágica expedición donde murieron tres peruanos

Operación Cerro Negro: a un año de la trágica expedición donde murieron tres peruanos
Personal del Ejército y la Policía Nacional rescatan los cuerpos.

| Crónica de Gerardo Cabrera Campos

I: SINIESTROS SUEÑOS

Unos días antes de que Segundo Tacure Saavedra muera por hipotermia en las montañas de Ayabaca, su sobrino Eriberto Sandoval lo soñó corriendo “por un cerro; iba desnudo”. La visión era confusa aquella madrugada de julio de 2015. “Era él, mi Tacurito, comenta, mientras otea en el ordenador las vistas satelitales marcadas por decenas de coordenadas en las que posiblemente estaba su pariente. “Vivos o muertos queríamos encontrarlos”, recuerda Eriberto.

Hace un año, el 4 de julio, un grupo de trabajadores de la empresa Rio Blanco emprendió una misión topográfica hacia las cercanías del antiguo campamento de la minera, en Huancabamba. Solo irían para “actualizar información” y buscar “nuevas rutas de acceso”. El grupo estaba encabezado por Orlando Pastrana Quezada, un ingeniero geólogo de Ica; la comunicadora cajamarquina Aleida Dávila Montes; el egresado en geología Manuel Herrera Peña, huancabambino, y Segundo Tacure, tío político de Eriberto Sandoval y conocido en aquella funesta travesía como “Primito”. Días después se les uniría 6 guías de la zona, quienes les suministraron alimentos, material de higiene y orientación.

Todo era felicidad en esa tarea. Tacure Saavedra, un cajamarquino residente en Chulucanas, fue contratado para ser una especie de chaleador (quien se dedica a limpiar el camino en la montaña) y cocinero de la expedición. Dávila Montes, trabajadora de Rio Blanco, quería conocer las comunidades aledañas; lo mismo Herrera Peña. Y de Pastrana Quezada se sabía que era experimentado en este tipo de operaciones.

Segundo Tacure, días antes de morir por hipotermia. La foto se halló en la cámara fotográfica de uno de los miembros de la expedición, según la Policía.

 

Sin embargo, algo salió fuera del plan para que se perdieran en una montaña llamada Cerro Negro, ubicada al norte de la comunidad campesina de Yanta, en Ayabaca. Se trata de un páramo, de una cumbre con lluvias gélidas y vientos fortísimos, lagunas medicinales, lodo oscuro, indómitos peñascos y animales salvajes. Habían caminado más de diez kilómetros de agreste paraje desde el antiguo fortín minero. Nadie se explicaba cómo llegaron hasta allí y cómo es que solo siete de diez lograron sobrevivir.

“Vivos o muertos queríamos encontrarlos”, recuerda Eriberto.

II: EL HOMBRE CLAVE

En esos primeros días de julio, el piurano Gustavo García, suboficial de la Policía Nacional, recién terminaba su curso de Alta Montaña en Áncash. Fue uno de los mejores; y por esto lo llamaron para una operación de rescate que se convertiría acaso en la más importante de 2015. Por entonces ya era una preocupación nacional la búsqueda de los cuatro trabajadores de Rio Blanco. Según informes de El Tiempo, el caso se da a conocer a Defensa Civil el 11 de julio: Pastrana, Dávila, Herrera, Tacure y los seis guías estaban “perdidos”.  La empresa sabía que el caso era grave.

A pesar de ello, no es hasta el 15 de julio que la PNP toma conocimiento del tema. Rio Blanco hace una denuncia verbal: dos días antes (el 13) los 6 guías sobrevivieron a la inclemencia de Cerro Negro y llegaron al caserío Portachuelos, en Yanta, donde fueron atendidos y castigados por algunos ronderos. La versión oficial asegura que se separaron de Pastrana, Dávila, Herrera y Tacure para pedir ayuda. Gustavo García, en tanto, apenas si se enteró de todo este contexto, pues ya era parte de un grupo de rescatistas elite conformados por brigadas de Northcott Global Solutions (NGS) -pagada por la empresa-, comandos FAP, de la Policía y líderes locales. García expresa así esa motivación:

“El miedo es natural en el ser humano. Nadie te asegura que vas a regresar bien. Ese es el riesgo que debemos correr; por eso nos gusta este trabajo”.

La última foto de los cuatro. De polo blanco, Orlando Pastrana. Junto a él, Segundo Tacure y una personas de nombre William. De camiseta ploma, Manuel Herrera. Al fondo, hablando por celular, Aleida Dávila.

 

No obstante, los esfuerzos parecían en vano. Corría el día 20 de julio. Ese lunes amaneció soleado en la montaña. La expectativa aparcó en los medios de todo el país. Se habían movilizado congresistas, alcaldes y consejeros, incluido el mismo presidente Ollanta Humala. Muchos recordaban, incluso, aquella trágica historia de Ciro Castillo y Rosario Ponce perdidos en el Cañón del Colca (Arequipa) el 2011. Además, las rondas campesinas eran escépticas sobre la vida de los “cuatro de Cerro Negro”.

Hasta que ocurrió lo impensable: uno de ellos apareció en una cabaña situada a unos ocho kilómetros de Cerro Negro, entre unas invernas de pasto y maíz.  El superior PNP Segundo Castillo, quien labora en la comisaria sectorial de Ayabaca, lo recuerda flaco, ojeroso, los pies hinchados. “Cuando encontramos se asustó, empezó a llorar. ‘Todavía están con vida’, nos dijo”, comenta el policía. Era Manuel Herrera Peña.

El rostro de Castillo se torna melancólico al recordar cada escena, cada insatisfacción. Sus palabras vuelven a los valles fríos y frescos de Yanta cuando acompañó al comandante Miguel Orozco (en ese momento comisario) a buscar información sobre aquella fiera llamada Cerro Negro. Todo era ceibos, faiques, palos santos, peñas inmensas y casuchas efímeras. Pero el hallazgo de Manuel Herrera fue todo, insiste. Sí, era el hombre clave para dar con Orlando, Aleida y el Primito; tenía sus coordenadas.

Los rescatistas -que fueron acompañados por el reportero de esta historia- encontraron a uno de los cadáveres en la montaña de Ayabaca.

III: LA FE EN CERRO NEGRO

La Policía Nacional tenía su campo base en Ania y Cabuyal, los caseríos más próximos a Cerro Negro y a pocos kilómetros de Ecuador. Pese a las coordenadas que brindó Herrera Peña, los rescatistas por tierra no lograban llegar a los puntos, pues las condiciones climáticas eran adversas; y las exploraciones aéreas del Ejército, más que relevantes, se convertían en un constante juego con la muerte.

Se necesitaba ayuda. Fue por eso que llegaron los mejores socorristas de Áncash y Puno, y el Ejército de Perú tomó el mando de las operaciones el 1 de agosto. Lo ratificó el mismo general de la Primera División, Manuel Gómez de la Torre: “Es de importancia nacional. Serán unas máquinas”. Y si bien nadie lo comprendía, con el pasar de los días y las malas noches en la montaña todos los rescatistas se iban convirtiendo en insaciables buscadores dentro de Cerro Negro. Se impregnaron confianza en cada penetración. Iban conociéndolo mejor. Le empezaron a tener cariño, fe, paciencia y esperanza. Había una especie de mística, de mimetización con la bravura. ¿Quién lo podía explicar?

“El miedo es natural en el ser humano. Nadie te asegura que vas a regresar bien. Ese es el riesgo que debemos correr; por eso nos gusta este trabajo”.

Eso lo vivió en carne propia Emerson Portocarrero, policía del Departamento de Alta Montaña de Áncash. Hacia el 24 de julio ya llevaba dos días internado en Cerro Negro junto a cinco brigadas más, quienes estuvieron a pocos metros del cuerpo inerte de Aleida Dávila, pero el clima les ganó. “Sí había desesperación. Por momentos el frío era incomparable, teníamos la ropa completamente mojada y sin ropa de cambio la situación es más complicada. El agotamiento físico que teníamos por momentos pasaba factura, pero más podía nuestras ganas de salir del lugar”, recapitula.

Una historia paralela se iba tejiendo en la ciudad de Piura: el sufrimiento y la incertidumbre de las familias de Pastrana, Dávila y Tacure. ¿Qué hacer frente a ello? ¿Qué sentían las familias de los propios rescatistas internados en Cerro Negro? La consternación cundía, la presión mediática también. Nadie se imaginaba la situación meteorológica allá arriba, nadie podría soportar quizás los cuatro días del hambre, los síntomas de la hipotermia y el miedo que vivió Manuel Herrera para salvarse. Parece que todos olvidaron a los 6 primeros guías y se centraron en la historia del huancabambino.

IV: HORAS DE VOLVER

Ania y Cabuyal tomaron protagonismo, entonces, como centro de operaciones. Para el 30 de julio ya se habían ubicado los cuerpos de Pastrana, Dávila y Tacure, sin vida. Todo bien; lo difícil era la extracción de los cuerpos hacia un sitio idóneo para la incursión del helicóptero. Por su parte, los niños de estos caseríos pasaron el 28 de julio, día de Fiestas Patrias en Perú, con unidades militares y oficiales instalados allí, aunque aún existía cierta desconfianza en muchos yanteños. Era la primera vez en su historia.

Calles de Ania, en la comunidad campesina de Yanta, Ayabaca. Perú.

 

Los socorristas de la Policía, el Ejército y la Fuerza Aérea detallaron su más elaborado plan de rescate. Mapas, fotos, videos, coordenadas, leyendas locales, atajos, plantas hidratantes; todo servía. Pero antes de esto ya eran amigos. Las instalaciones de la I.E. 14207 de Ania se convirtieron en una suerte de confesionario militar. Ellos se contaban sus temores, sus límites, sus amarguras, sus deseos, sus imperfecciones. Eran humanos rescatando a humanos.

Gustavo García y Emerson Portocarrero fueron testigos de ello. Por las noches, cuando la señora Aurelia ofrecía la cena (arroz con pescado enlatado y cancha, por ejemplo) no faltaban los chistes, los apodos, los ánimos para el próximo allanamiento a Cerro Negro. Desde el 15 de julio hasta el 12 de agosto, se estima que participaron cerca de 100 efectivos.

Así llegó el día trascendental. Cuando terminaron de evacuar los cuerpos de Pastrana, Dávila y Tacure a Piura, el 11 de agosto, los brigadas se dieron cuenta de que estaban extenuados, demacrados. Las malas noches en Ania y Cabuyal quedaron atrás. “Es una enorme alegría que los familiares pudieron darle un último adiós y tenerlos cerca”, sostiene el capitán EP Francisco Toledo, uno de los líderes de la expedición de rescate.

Un año después, el superior Segundo Castillo no se imagina volver a Yanta. Según fuentes policiales, el próximo domingo 7 de agosto se visitará este caserío para hacer un agradecimiento a todos los vecinos por la atención brindada a las fuerzas militares en la “Operación Cerro Negro”. Se conoce también que la investigación fiscal continúa, pues en las próximas semanas irían a declarar más personas ligadas al caso. Es más -aunque de manera extraoficial-, la Policía haría una reconstrucción de toda la operación en Ayabaca y Huancabamba.

Ellos se contaban sus temores, sus límites, sus amarguras, sus deseos, sus imperfecciones. Eran humanos rescatando a humanos.

Es lógico que quedan preguntas ásperas: ¿Existió un crimen? ¿Quién tiene la responsabilidad del extravío? ¿Quién sabe la verdad y no la quiere decir? ¿Fue una expedición minera secreta? ¿Qué se llevaron a la tumba Pastrana, Dávila y Tacure? La mística de Cerro Negro está allí, marcada por la historia y el largo camino de tres vidas en su indómito páramo. La creencia de su gente también perdura, como el yanteño Agustín Flores cuando explicaba el suceso:

-Se emparamaron, joven, ese cerro se emputa cuando ve gente forastera.

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