Lo que le toca a la nueva presidenta

Lo que le toca a la nueva presidenta

La invocación de la nueva presidenta Dina Boluarte, a trabajar junto con el Congreso y el Ministerio Público para recuperar la ética en el sector público se sirve como un vaso de agua fresca para calmar los ánimos luego de una jornada de inesperados y peligrosos cambios.

Para un sector de la ciudadanía, se veía venir el fin de veinte años de democracia, pero, afortunadamente, tal desenlace no ocurrió.

Ello no quiere decir que la calma ha vuelto del todo a nuestro imperfecto sistema político.

Toca, más bien, poner todos nuestro esfuerzo para rescatarlo de desgaste al que lo han sometido el oficialismo cargado de una retórica irresponsable y vacía, y la oposición desligada de los intereses populares y actuando como custodia de los privilegios de personas y corporaciones escasamente comprometida con el desarrollo nacional.


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Finalmente, y por si fuera poco, como una enfermedad que se extiende sin mirar a “buenos” y “malos”, la corrupción ganó poco a poco un escandaloso protagonismo.

El Gobierno del hoy expresidente Pedro Castillo constantemente invocaba la lucha contra los coimeros y los sibaritas que costeaban su lujoso tren de vida con el dinero del Estado como su eje.

No obstante, las declaraciones de los hoy colaboradores de la justicia echan por tierra toda esa fantasía y han puesto al descubierto cómo políticos, periodistas y funcionarios se enriquecían o servían como intermediarios de los peores elementos de nuestro país.

Más allá del paso en falso dado por Castillo, la abrumadora evidencia indicaba la inminencia de un cambio.

Ese cambio ha terminado con Castillo en una prefectura custiodiado por policías.

Esperemos que Dina Boluarte -quien no ha dicho nada sobre el adelanto de elecciones generales y, por el contrario, ha manifestado su voluntad de quedarse hasta el 2026– no pretenda usar el cargo que la ley le ha conferido para salvar a los que siguen mudos o a los que han hecho de la sobonería su tarjeta de acceso a las más altas esferas del poder -personajes como el exministro Alejandro Salas, que se había convertido en escudero de Castillo pero también fue el primero en renunciar cuando la ola caía, deben desaparecer del horizonte político-.

Esperamos ver pronto los resultados de una gestión más transparente.


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