Instrucción 19 (II)

Instrucción 19 (II)

Cada mañana, cuando usted se va al trabajo —un trabajo que le gusta pero que a veces hace que se pregunte si no será esa la fuente del problema: su vida de hembra genial junto a un hombre que tiene un empleo anodino, megatones de frustración agazapados—, él la despide con una alegría que se parece al alivio (¿alivio de no verla por un rato?), y usted desaparece en el ascensor con un gesto de sumisión y súplica (sin saber a quién se somete o suplica qué). A veces, a lo largo del día, intercambian mensajes y flota entre ustedes un cariño que parece sincero pero que, cuando vuelven a verse, se licúa como el cuerpo de un pájaro esclavizado bajo un chorro de ácido.

Termine de preparar una cena sencilla. Recíbalo sin dar señales de nada. Escuche, en su saludo, esa queja hija de la irritación con la que esta vez él dice: “A mi viejo se le cayó el celular y se le rompió la pantalla”. Dígale, quitándole importancia: “Bueno, siempre lo arregla”. Cuando él responda “me tiene harto”, escuche: “Me tenés harto”. Sirva la cena, comente cosas sin importancia. Busque, dentro de sí, las primeras palabras sensatas que ha preparado durante días. Dígalas en un tono que le parece amable y cálido. Vea cómo él le presta súbitamente atención. Sienta crecer dentro de sí el optimismo necesario para seguir adelante. Escúchese decir frases prolijas (detecte en ellas palabras como “antes”, “no entiendo”, “necesito”; dígase que debe evitarlas; no lo haga).

Vea cómo él cruza los cubiertos en el plato (escuche una voz que le dice: “Basta, no digas nada más”, pero no se detenga). Despliegue las velas. Convénzase de que este es el momento de dejarlo todo, de abrir las bodegas. Dígale que su actitud la lastima (piense: “¡No! Él no es tu cómplice, no va a cuidarte”). Vea cómo él mira el plato con una desafección animal. Sienta, de pronto, que todo lo que usted dice exuda una superioridad en la que no se reconoce. Piense: “Esta no soy yo. Yo no hago estas cosas”. Pero no le haga caso a la intuición quejumbrosa que le susurra que está siendo patética. Continúe. Al terminar, pregúntele: “¿Qué pensás?”. Mírelo. Vea que en sus ojos no hay comprensión sino un pantano seco donde late el rencor. Escuche como él dice: “¿Sinceramente? Te tengo miedo”. Entienda que él siente —sabe— que usted le ha arruinado la vida. Que usted es el enemigo.


Escrito por: Leila Guerriero
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Leila Guerriero

Leila Guerriero

Columnista de ‘El País’ (España)