Humildes, tozudos, soberbios

Humildes, tozudos, soberbios

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Cecilia Ansaldo Briones
Escritora

Leo un artículo de Leila Guerriero, la gran periodista argentina, y se me encienden varias luces. Lo habitual es que el tránsito sea de la vida a los libros, pero también es frecuente el camino contrario, el que va de una lectura especial hacia la vida gris para encontrarle sentidos. Esa es mi frecuente trayectoria. En esta ocasión tres adjetivos repican sus campanadas, suben los grados de una escala de significados y se quedan allí, sonando para conducir otras palabras.

Para redactar profesionalmente, apegados a unas orientaciones que buscan cierta eficacia, que apuntan a un blanco inmediatista, se puede seguir a profesores y manuales. Es verdad que los grandes escritores de la humanidad se batieron a solas en la lucha con sus idiomas, y guiados por esa “inteligencia lingüística” de sus propias neuronas se hicieron gigantes de la palabra, en soledad.

Quien escribe debe ser humilde, sugiere Guerriero –aunque precise el consejo hacia los periodistas–. Escribir supone eslabonarse en una larguísima cadena de siglos, luego de la cual no se pueden proclamar sino nimias originalidades. Todos heredamos, todos seguimos, todos consumimos.

Quien escribe debe ser tozudo. Y yo lo creo porque en la obstinación, en la constancia de la búsqueda radica el secreto de una disciplina, de una vocación que se cumple por encima de obstáculos y restricciones. “Quiero escribir, pero no tengo tiempo; quiero escribir, pero no tengo dónde publicar”, son las excusas repetidas de quien tartajea una inclinación incipiente o un sueño ajeno. Con las redes sociales a nuestra elección, todos tenemos la posibilidad de publicarnos a nosotros mismos, a voluntad.

Quien escribe debe ser soberbio. Porque si se detiene a pensar en quiénes serán sus lectores (que vayan más allá de la madre o la pareja), se quedaría paralizado. Plantearse el amplio mundo lector, por mucho que haya uno ideal en lo profundo de la mente, aspirar a que lo que sale de los dedos tecleadores alimente y dialogue con miles de cabezas invisibles, es la meta final de cualquier texto. O debería serlo (porque este verbo en condicional cifra el mundo de lo posible y deseable).

Narrar con fidelidad los hechos y pintar los exactos perfiles de las personas constituyen hoy otra manera de hacer literatura.

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