El mal invisible de Yomaira

El mal invisible de Yomaira

a1d1

Carlos Chunga Yesquén

Yomaira tiene en su rostro el mismo número de lunares que operaciones en su vida: once. Pero su verdadero mal es invisible. Cuando aparece en la sala de su casa, saluda tímidamente pues sabe que volverá a contar su historia.

Viste ropa de casa y trae un celular en su mano derecha, el cual guarda de inmediato en el cintillo del pantalón, a la altura de su vientre.

Dieciséis años demoró su diagnóstico: útero didelfo. “El doctor me dijo que mi hija tenía dos úteros y que los dos funcionaban, pero que ninguno podía ser extirpado porque estaban unidos”.

Isabel Yovera, la madre de Yomaira, se lamenta tocándose la frente cuando recuerda que, con apenas cuatro años, su hija ya sumaba cinco intervenciones quirúrgicas y ninguna solución. Desde su domicilio en el asentamiento Enace, donde suena de fondo una melodía con letra cristiana, Isabel explica con gestos la raíz del problema: “Mi hija nació con una malformación”.

Una infancia dura

Con un mes y medio de nacida, Yomaira Mauricio no pesaba ni siquiera dos kilos. Su organismo era muy frágil y sus músculos demasiado débiles. Volvía al quirófano ni bien era dada de alta porque las operaciones terminaban siempre en un prolapso, situación que empeoraba por una deformidad que padece en la zona del bajo vientre.

Era necesario practicarle una colostomía a Yomaira, procedimiento por el cual se adhiere al abdomen del paciente una bolsa que le ayuda en sus necesidades.

Pero 4 años después, la situación no mejoró y Yomaira fue sometida a otra intervención que le provocaría más tarde problemas de incontinencia. Su complicado diagnóstico lesionó también sus primeros años de vida social y la conminó a una infancia difícil.

La vergüenza ante sus compañeros del colegio y su condición de diferente se tradujeron pronto en visitas al psicólogo. Todo ello, en paralelo a decenas de ecografías y consultas médicas.

“Siempre era lo mismo: por más que le hacían exámenes, sus paredes intestinales salían oscuras y para los médicos era bien difícil determinar qué tenía realmente mi hija”. Isabel describe esa etapa de Yomaria y emite un suspiro cuando recuerda que, recién con doce años, su hija comenzó a controlar su organismo y a superar aquél trauma.

Los avances no duraron tanto y la pubertad irrumpió de golpe.

A Isabel la comenzaron a llamar del colegio casi todos los días para decirle que Yomaria no estaba bien, que su hija se ponía mal. Isabel recuerda que en uno de tantos exámenes le dijeron que su hija tenía un solo riñón.

“Fue peor para Yomaira. Ella estaba muy débil, se volvía un trapo y no tenía fuerzas ni para ponerse de pie”.

Acabar con todo

Sentada junto a su madre, Yomaira no intenta evadir la realidad. La asume. Suspira. Medita un poco antes de seguir con el relato.

“Me cansé de todo porque veía sufrir mucho a mi madre. Sentía que no había solución y entonces decidí acabar con todo”, dice escondiendo los detalles. En la casa de una amiga, Yomaira tomó veneno, pero la asistieron a tiempo y no consiguió su objetivo.

Yomaira se limpia las lágrimas y evita quebrarse. Ya no es frágil. Ahora relata arrepentida lo que sucedió ese día, que pudo ser el último de su vida.

Años más tarde, en pleno frío otoñal de 2009, Yomaira y su madre, expacientes del Seguro Integral de Salud (SIS), viajaron al Instituto Nacional de Neoplásicas de Lima con un documento referido por un médico piurano. Pero para su endeble cuerpo de 16 años, una resonancia magnética era una tortura.

Yomaira juega con sus uñas luego de recordar lo que el médico les recomendó aquella vez. “Nos dijeron que solo podía estar dentro del túnel 25 minutos como máximo porque no iba a aguantar”, manifiesta Yomaira, mirando a su madre con ojos briosos.

“Pero cómo sería la gracia de Dios que bastaron quince minutos para que le detecten por fin qué era lo que tenía”, agrega Isabel juntando sus manos y elevando la mirada.

El caso médico de Yomaira es especialmente delicado. Los médicos consideran que extirparle uno de los úteros, necesariamente dañaría al otro y comprometería su capacidad de concebir.

“Necesito un milagro”

Desde el interior de su casa, Kevin está tarareando una de las canciones dedicadas a Dios. Kevin es el enamorado de Yomaira, tiene 17 años y la conoció en uno de los trabajos esporádicos que tuvo Yomaira, a los que debió renunciar por su mal.

“Cuando lo conocí le conté de mi problema y me supo entender. Ambos vamos a la Iglesia. Él me ayuda siempre”, asegura.

En opinión del médico ginecólogo Daniel Valera Arrunátegui, la situación de Yomaira se complica por las consecutivas intervenciones médicas que ha recibido y por esa malformación congénita en su zona genital. “Un útero didelfo no impide que ella quede embarazada, pero en su condición es muy difícil porque, de llegar a conseguirlo, necesitaría una cesárea y eso significaría una cicatriz más”, explica el médico, lo que podría llevarla a un aborto prematuro.

Yomaira es consciente de que “necesitaría un milagro para poder concebir”, pues reconoce que la maternidad, por el momento, se le ha negado. “Me da pena no poder formar una familia con mi pareja”, cuenta casi resignada.

De forma interdiaria, Yomaira asiste a la Iglesia Evangélica más cercana a su casa y pide, juntando sus manos con las de Kevin, una ayuda a su Dios mediante oraciones tenaces.

“Por supuesto que el caso de Yomaira es extraño, de eso no hay duda, pero no se podría determinar si es el único en nuestra ciudad.”, dice con sorpresa Valera Arrunátegui.

“Lo que ahora necesito es una malla para este bulto que tengo”, comenta Yomaira.

Ahora Kevin ingresa nuevamente a la casa, Isabel Yovera debe salir “a hacer un trámite” y Yomaira debe ir a la cocina a ayudar con el negocio de venta de comidas que le permite subsistir. “Aguadito” se lee en la pizarra de la puerta.

Yomaira se pone de pie y se aleja un poco. Explica con detalles su travesía por Lima en busca de una solución a su mal invisible. Recuerda los productos que vendía cuando subía a los buses de la capital. Insiste en que necesita una operación. ¿Otra?, le pregunto. Sí, otra, responde, “pero una definitiva”.

COMPARTIR     Twittear Compartir