El desabastecimiento de GLP en todo el país, la tardanza en las transferencias para las obras de prevención y la caída del gasto público en los municipios y el Ejecutivo son pruebas indiscutibles de que la administración del país se encuentra en piloto automático.
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Seguramente, la señora Boluarte se encuentra en mil y un ajetreos ligados al sostenimiento de su legitimidad, cada vez más cuestionable, y su cuerpo de ministros intenta parchar una barca que se hunde no por el peso del extremismo, de Polay y sus demandas, de los proderechos, de los “golpistas”, de los remanentes de Castillo y los socios transitorios que después de las palmaditas y a la primera crisis se convierten en furibundos opositores. Seguramente está tratando de hallar la clave que le permita ejercer realmente el poder sin delegarlo a ministros que, a la fecha, no han demostrado estar a la altura de la misión encomendada. El problema mayor, sin embargo, es que, mientras esto ocurre, la infeliz conjunción del clima, el espanto de los caseros y la amoralidad lucrativa de muchos comerciantes ha puesto el limón y otros productos fuera del alcance de las familias, lejos de nuestra realidad de bolsillos cortos; para colmo de males, el GLP se acabó y hace 120 días no hay un viceministro de hidrocarburos que tome decisiones para resolver esta crisis que se avecina como una patada voladora.
Gobernar, entendiendo esto únicamente como “ejercer el poder”, es lo que hacen Boluarte y su cohorte; ejercen un poder nominal, lo ostentan -porque lo nominal, a diferencia de lo sustancial, se exhibe hasta que se rompa- y lo proclaman. En cambio, el gobierno entendido como la preservación de un equilibrio -como el equilibrio de la nación, de las clases y de los sectores diversos- es lo que hace falta, pero para ello debe existir verdadera vocación política, auténtico afán de servicio y visión de largo plazo para construir una civilización articulada, armónica, que no rehúya al conflicto y que tenga la altura de discutirlo para hallar una solución que consolide la unidad nacional. Para ello deben existir verdaderos políticos, no sinvergüenzas que pretendan hacer leyes de su minúscula talla moral, ni falsos doctores, plagiarios, de inteligencia hurtada, ni presidentes incapaces de sostener su palabra o hacerse responsables del cargo que la ley les confió.











