Causa un poco de perplejidad que, además de la votación a favor de dar la confianza al Consejo de Ministros presidido por Aníbal Torres, también se haya optado por admitir a debate la vacancia presidencial.
A primera vista, parece un sinsentido motivado únicamente por las ansias de un sector parlamentario -y ciudadano, sea dicho de paso- de terminar antes de tiempo con el mandato de Pedro Castillo, a quien no es exagerado calificar como uno de los peores presidentes de nuestra historia reciente.
Aún así, con todos los adjetivos y motivos que se nos ocurran, aceptar al Gabinete Torres y al mismo tiempo pedir debatir la vacancia presidencial parece contradictorio. No obstante, debemos tener en cuenta que en política se procede como en un juego de mesa, moviendo las fichas a conveniencia de un objetivo superior. En este caso, no es tan importante exigir la salida de Castillo de la presidencia como tener la oportunidad de escuchar sus descargos en el Congreso, no por escrito, como pretenden sus asesores, sino dando la cara al Legislativo y a la ciudadanía.
Hasta el momento, cuanto se sabe de la presunta corrupción que enferma a Palacio de Gobierno ha sido conocido gracias a los testimonios de la seudoempresaria Karelim López, una mujer mimada por sus altos contactos políticos no solo de este periodo, sino de años pasados, y que no temía quedar bien con tirios y troyanos. También sabemos lo que la prensa ha revelado, lo que los fiscales han hallado, ¿pero qué sabemos por boca del presidente, de ese presidente que ante los micrófonos y las grabadoras de los periodistas calla dando muestra de su escandalosa indolencia y de su aparente incapacidad de palabra?
Es tiempo que dejemos de disculparlo por sus limitaciones, las mismas que lo hicieron ver como un personaje confiable, totalmente contrario a los magníficos oradores de la corrupta casta política, cercano a la sencillez de quienes esperan décadas por el desarrollo prometido desde la distancia insalvable del poder; es tiempo de jalarle la lengua al presidente, de obligarlo a decir la verdad porque ese “pueblo” al que ha mitificado en sus raros discursos lo merece. Si es su verdadero deseo el ayudar a mejorar las cosas, a limpiar la política del desprestigio de los últimos treinta años, que empiece por decir qué pasaba en Sarratea. Los peruanos se lo exigimos.












