Editorial: La mentira, peor que el petróleo

Editorial: La mentira, peor que el petróleo

Examinemos los hechos: de la refinería La Pampilla, de Repsol, se derraman 6 mil barriles de petróleo en Ventanilla (Lima). La empresa dice que fueron siete. El Ministerio del Ambiente comprueba que fueron 6.000. La opinión pública, la que se concentra en Internet, dice que fueron 250.000 (¡) y, finalmente, el ama de casa le cree a los últimos.

Esta cadena de hechos sirve para comprender mejor por qué en los últimos años ciertos discursos anti mineros y contrarios a la explotación petrolera han calado hondamente en el imaginario político de un sector de la población, no necesariamente más radicalizado, pero menos transigente con el hecho de que la contaminación no se discute con la importancia debida. El problema ecológico comienza, obviamente, con la incompatibilidad de ciertas actividades y el riesgo de daño a la flora y fauna de la zona de explotación; el problema político es más simple y comienza en el momento en que la empresa responsable miente.

¿Por qué Repsol dijo que solo eran siete los barriles derramados? Evidentemente, para minimizar el hecho, pero también para enfrentar menos responsabilidades ante las instancias estatales. Repsol, con intención o sin ella, pretendió verle la cara al Estado peruano convirtiendo un problema de enormes consecuencias en la naturaleza en un tema de aceitito derramado en la agüita o un pajarito muerto. Lo que no comprendieron los representantes de Repsol es que en el Perú la mentira pasa por el trauma de la exageración antes de ser condenada: si Repsol dice que fueron seis barriles, el peruano de a pie dirá que fueron 250.000. Finalmente, las cifras del daño terminarán siendo irrelevantes y solo la mentira será objeto de juicio.

En el particular contexto peruano, la supuesta incompatibilidad entre las diversas minerías y la preservación ambiental es un tema bastante sensible, a pesar de lo cual los gobiernos y los empresarios del sector no han actuado con la honestidad debida a la ciudadanía. El peruano, cuya instrucción en estos temas suele ser bastante elemental, se encuentra cercado por “versiones” que suelen ser mutuamente acusadoras. Visto que el actuar de los inversionistas no siempre ha sido transparente, ¿a quién o quiénes le terminará creyendo la sociedad? ¿Cómo recomponer esta relación? Para pensarlo.

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