De paseo por Piura

De paseo por Piura

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Lola Rodríguez Díaz
Programa de Arquitectura – Udep

Les invito a dar un paseo por Piura, a caminar por sus calles y deambular por sus barrios. Quizá a algunos les extrañe mi sugerencia porque pasear por Piura no es tarea fácil. Los motivos son muchos pero casi todos remiten a la idea de ciudad. Y es que una ciudad no es una agrupación de viviendas, aunque las contemos por miles. Lo que le da a una ciudad su condición es, precisamente, todo lo contrario: el espacio entre las casas. Un espacio que debería ser público y civilizado. En gran medida, la urbanidad depende del diseño, la gestión y la oferta de espacio público: calles, avenidas, bulevares, veredas, plazas, parques, paseos peatonales, fluviales, y equipamientos sociales, deportivos o culturales deben aportar al ciudadano lo que su casa no puede, la vida en sociedad.

De alguna manera, esa parte de Piura que nos pertenece a todos ha caído en el olvido, y con ella también nuestros paseos. Las carencias de la ciudad en el ámbito público son notorias tanto en cantidad como en calidad. De una parte, sus calles y plazas sufren la falta de planificación, acondicionamiento y equipamiento. Tan es así que uno acaba por asociar el espacio público a las parcelas desocupadas y residuales. En consecuencia, lo que debería ser de todos se vuelve tierra de nadie y no podemos sentirlo como propio. De otra parte, que el peatón se vea desplazado a un segundo plano por el carro tampoco ayuda. La movilidad, aunque sea una asignatura pendiente, no puede prevalecer sobre las estancias urbanas, del mismo modo que en una casa el corredor nunca prevalece sobre la sala.

La ciudad, que los romanos llamaban civitas y los griegos polis, necesita —y permítanme el juego etimológico— ciudadanos comprometidos y una buena política urbana. Si los espacios públicos desempeñaran su papel, conseguiríamos una Piura más ordenada, segura, amable y atractiva. A tal fin, habría que revitalizar y dignificar los espacios públicos existentes, extenderlos estratégicamente a lo largo de toda la trama urbana y proyectarlos con rigor y responsabilidad. Debería ser la propia forma de la ciudad la que transmitiera, reflejara y enseñara urbanidad. Nos merecemos una Piura en la que podamos callejear, descubrir lugares inesperados a la vuelta de la esquina y pasear en compañía de los nuestros que, en definitiva, somos todos los piuranos.

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