De futbolistas y de dioses

Lo ocurrido con el futbolista chileno Arturo Vidal, su caída y su polémica redención, no es solo una anécdota de la Copa América: es una realidad de todos los días y evidencia, en primer lugar, la importancia significativa del futbolista en la sociedad moderna y los riesgos de endiosar tan groseramente a los que, desmarcándose de la estampa del cultor del balompié, solo saben patear bien las pelotas.

Vidal y tantos otros en diferentes latitudes son como los showmen de la posmodernidad que adoptan nombres distintos: “referente”, “crack”, “D10s”, “mago”, etc. Ídolos de multitudes hasta el punto de convertirse en sinónimo colectivo de virtud. ¿Qué ocurre cuando el barniz del crack se gasta y aparece el ser humano, para variar, uno que choca su auto y se resiste a la Policía, o que bebe hasta adormecer sus piernas y prefiere las caderas a las fintas? Lo más probable es que, como un bienintencionado Sampaoli, seamos indulgentes. Al genio todo se le perdona.

El filósofo Jorge Sorel (1847-1922) nos da una ruta de análisis a partir de la identificación de la célula espiritual de las sociedades: el mito. Esto es el ideal que colma de sentido una etapa histórica o un periodo de construcción social.

Cuando un mito viejo muere, el niño lo sepulta, pero en el intermedio de este relevo, las sociedades macilentas recurren a excitantes y distractores con la creencia fútil de que basta con sentirse joven para serlo, para no sentir que algo se nos pudre adentro.

El fútbol es uno de los tantos anestésicos de nuestra época de confusión por lo que es normal que, en nuestra búsqueda de mitos y de sentidos sociales, permitamos que las figuritas y los figurones se posen encima del orden, la ley y el buen gusto, y que nos miren desde lejos como a una inmensa hinchada.

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