Una ofrenda por Ciro Alegría: 50 años de la muerte del patriarca de la novela peruana

Una ofrenda por Ciro Alegría: 50 años de la muerte del patriarca de la novela peruana

Como muchos círculos intelectuales están dominados por ciertas tendencias que se dicen progresistas, han dejado pasar casi desapercibido el 50 aniversario de la muerte del gran novelista peruano. No ocurrirá lo mismo con Arguedas, cuyas novelas plantean cuestiones también interesantes y muy a propósito de ciertas ideologías, pero que son, en general, mucho menores en calidad literaria. En fin, no siempre importan los criterios más importantes cuando hay intereses políticos de por medio.

Ciro Alegría (1909-1967) tuvo una enorme trascendencia en la historia literaria latinoamericana. Fue el único escritor peruano, luego de Palma y Chocano, que destacó antes del boom, y en buena cuenta el éxito de El mundo es ancho y ajeno (1941) vino a anunciar lo que ocurriría a partir de 1960 con las grandes novelas de Vargas Llosa, García Márquez y todos aquellos escritores latinoamericanos tan bien hechos a la medida del gusto europeo. Ciro Alegría nunca había estado en ningún boom, pero su gran novela telúrica nunca dejó de figurar entre los grandes relatos del continente.

Aquel movimiento se caracterizó además por privilegiar la novela al cuento, tal vez más por el manejo propagandístico de los intereses editoriales que por el valor de la literatura misma. Así pues, los cuentos se publican en revistas o suplementos dominicales o libros que no suponen grandes tirajes editoriales: no suelen tener la repercusión de las grandes novelas. Y nos hemos acostumbrado a valorar a los escritores por eso, aunque un buen cuento puede trascender mucho más que un millar de novelitas baratas.

En la literatura como en todo hay curiosas coincidencias. Ciro Alegría, como el español Rafael Sánchez Ferlosio, escribió solo una gran novela reconocida indiscutiblemente. El español escribió El jarama y con ello dotó a la lengua española de una novela prototipo del objetivismo. Ciro Alegría escribió, como dijimos, la gran novela indigenista. Pero ambos habían escrito antes una novela mucho más breve e intimista, basada en los dos casos en recuerdos -algo dispersos- de la infancia y las vivencias de la adolescencia, ambas rodeadas de un lenguaje medio somnoliento, alto trastocado por la irrealidad, pese a ser, tal vez, más sinceros en sus emociones. En el caso de Ciro Alegría me refiero a la novela La serpiente de oro, ambientada en el alto Marañon y en Sánchez Ferlosio hablo de Alfanhui, (1951), un tributo a la picaresca española en la que vence también la emotividad preadolescente.

Ciro Alegría fue pronto reconocido internacionalmente como un gran novelista, sin duda entre los dos o tres mejores del Perú y uno de los más destacados del siglo XX. Le han encasillado como uno de los prototipos de la literatura indigenista (la voz del mundo indígena) que -según Tomás Escajadillo-, implica el sentimiento de reivindicación social y la idealización romántica del mundo indio, junto con el elemento de la “suficiente proximidad” con el Ande y sus habitantes.

Como todo encasillamiento, la doctrina indigenista supone una visión reducida (y distante) de la realidad, y esta imagen impide comprender a Ciro Alegría en toda su grandeza de matices y de alguna manera escamotea la profundidad de sus consideraciones con respecto a la problemática del Perú reflejada en sus relatos, limitando así su personalidad literaria a una visión simplista a la medida de ciertas interpretaciones ideológicas.

Sin duda Ciro Alegría es un escritor arraigado en valores que persiguió dar al drama del indio el sitio que merecía. Sus relatos plasman en primer plano la injusticia y la protesta social en un mundo lleno de luchas, ambiciones, traiciones, venganzas, y sufrimientos que degradan a la persona. Sin embargo, sus novelas no son reivindicativas porque tengan de protagonista al indio, sino porque los sucesos que relatan son injustos. Y en no pocas ocasiones ofrece personajes modélicos de todas clases que dan, en un mundo difícil, una lección de vida que no puede pasarse por alto. Incluso bandoleros, como el fiero Vásquez, destacan también por algunas cualidades humanas. Sin caer en el simplismo de la dialéctica marxista, hay que reconocer que sus argumentos son mucho más complejos y profundos. Y no pueden encasillarse en la lucha indígena. En Los perros hambrientos, es la lucha con la naturaleza y la capacidad de superación del ser humano lo que está en juego.

Ciro Alegría era también autor de cuentos de calidad excepcional. González Vigil señalaba con razón que es “un cuentista por descubrir”, empezando por Duelo de caballeros (1963) publicado por el autor en vida y continuando con las colecciones de relatos que se publicaron póstumamente: Panki y el guerrero (1968), leyendas y cuentos tradicionales amazónicos; Sueño y verdad de América (1969), relatos basados en hechos históricos (con un claro perfil periodístico, pero el último que se refería a la explotación de los caucheros, pero quedó incooncluso); La ofrenda de piedra (1969), narraciones andinas; 7 cuentos quirománticos (1978), narraciones urbanas ambientas en Nueva York y ciudades hispanoamericanas; El sol de los jaguares (1979), narraciones amazónicas; y una serie de selecciones de leyendas y cuentos para el público infantil y juvenil. También su primera novela, La serpiente de oro (1935), puede entenderse como una colección de cuentos unidos por el río, y dentro de su gran novela hay varios cuentos intercalados, muy al estilo del Quijote.

La ofrenda de piedra es un largo cuento que fue terminado en Río Piedras (Puerto Rico), en mayo de 1951 y publicado un mes después en la revista limeña Letras peruanas con el título: La piedra y la cruz. Era un título demasiado similar a Entre la Piedra y la Cruz (1948) del escritor guatemalteco Mario Monteforte Toledo y los editores optaron por cambiarlo después. Corresponde al mismo momento de preparación del boom, de tránsito del realismo que privilegia el mensaje a la narrativa de los años 50 que dará prioridad a la forma literaria. Monteforte quiere en ese relato desmitificar al indio (protagonista simbólico de la salvación nacional) y plantear una síntesis como signo de identidad latinoamericana algo que a nuestro entender no está muy lejos del planteamiento que se esconde en las profundidades del relato de Alegría, tanto por el simbolismo de los dos elementos del título como por el desarrollo mismo de su argumento. Pero en la novela de Monteforte la solución pasa por ladinizar al indio y traerlo a la cultura moderna convirtiéndolo en instrumento revolucionario y liberándolo de su estadio precapitalista. En ese sentido, para Ciro Alegría la cuestión es bien distinta.

En La ofrenda de piedra, se muestra la relación de servidumbre entre un niño blanco y su criado indio, que lo guía en un sendero en la jalca hasta alcanzar el abra donde se venera una cruz a la que, por devoción, se hace entrega de una piedra de ofrenda que se ha debido traer desde las tierras bajas como sacrificio. Se plantea la cuestión del origen y la razón de esta costumbre, si pertenece a la cultura del indio y debe ser superado por la racionalidad moderna, representada por las preguntas del niño. A la vez se muestra la tentación de la lectura mágica del rito: se cuenta que la muerte trágica de un doctor descreído que fue alcanzado por un rayo, pero eso queda en el marco de la leyenda que es superada por una religiosidad más acorde con el ser del hombre y descubierta por el cristianismo: el convencimiento profundo de que ese rito manifiesta la obediencia de la fe, expresada en el término devoción. Es la religión de quien se sabe necesitado de perdón y salvado por un ser trascendente que está en la cruz, que es la cruz del mismo Cristo, aunque ella se asiente y asuma afirmativamente una creencia andina anterior, que venera las montañas.

Ciro Alegría plantea en el relato la existencia de una religiosidad humana antes que andina, que es reconocida y depurada por el cristianismo, una inclinación a la trascendencia que está por encima de todas las diferencias étnicas y culturales. No solamente los indios hacen la ofrenda de piedra, sino todos los que pasan por el lugar, no importa si son niños o ancianos ni el color de su piel o su procedencia andina o costeña, no importa si ha recibido educación formal o no, si es ilustrado erudito o ingenuo analfabeto. La costumbre de la ofrenda de piedra pertenece a una sabiduría más profundamente humana que se sabe trascendente a la realidad y que descubre en esa trascendencia la igualdad esencial de todos los seres humanos por encima de todas las diferencias.

Claro que este discurso va directamente en contra de algunas ideas predominantes en los tiempos actuales, las mismas que suelen presentarse desde enfoques “multiculturales” y altamente “científicos”, pero que en última instancia consideran que no existe una cultura humana sino muchas culturas diferentes, equivalentes, moralmente indiferentes y además indisolubles. La idea procede de una indebida extrapolación del estructuralismo desde la lingüística a la antropología y la etnohistoria. Así pues, desde la visión del inmanentismo más radical, las lenguas y las culturas son instrumentos de comunicación y de dominación completamente autosuficientes, que imponen a las colectividades una identidad con una determinada visión del mundo. Esa visión encaja bien en los discursos antiimperialistas. Según esto, la religiosidad del cristianismo andino expresaría una resistencia cultural contra toda imposición occidental, porque no conciben que las culturas cambian, se comunican y perfeccionan. La verdad es muy distinta.

Si bien es cierto que las lenguas son hasta cierto punto autónomas, esta concepción inmanentista se ha comprobado errónea y su extrapolación a otros ámbitos es mucho más que cuestionable. Las lenguas no son sistemas perfectos ni autónomos y mucho menos las demás manifestaciones de la cultura humana en su inmensa diversidad geográfica, étnica y social. La ofrenda de piedra o apacheta andina es una expresión que el cristianismo ha asumido sin negar su origen. Con ello la religión cristiana y las costumbres andinas han alcanzado una conciliación que no contradice ni destruye nada, porque todo cambia y se perfecciona (o deteriora) y no vale tanto por la originalidad de sus expresiones, sino por cuanto el sentido bueno o perverso que incline sus acciones hará que las comunidades sean más o menos humanamente aceptables, o mejor dicho, amables.

El viejo guía indio y el niño blanco de diez años (que igual tiene sangre mestiza), se distinguen claramente también en el tratamiento de respeto, mezclado con cariño, del viejo respecto del “patroncito”. La ofrenda de piedra supone la comprensión de un motivo positivo de civilización en la cruz del cerro (pero va del viejo indio hacia el niño blanco, no al revés), en que una costumbre ancestral se ha incluido en el cristianismo configurando esa síntesis que es el Perú, asumiendo que las diferencias culturales no son indiferentes y que la purificación de las supersticiones antropológicamente negativas no es perjudicial sino todo lo contrario. Al viejo le producía cierto malestar, “inclusive temor”, dice el narrador, la irreverencia del muchacho, porque es algo maligno. La religiosidad que ayuda al hombre a situarse en el mundo con una referencia trascendente es desde todo punto de vista deseable, aunque no debe imponerse sino por convicción propia, con respeto a la sensibilidad de la persona, del mismo modo como el anciano convence al niño descreído que, finalmente, hace la ofrenda de piedra aunque no termine de entender –he ahí el misterio de la fe– por qué se siente llamado a hacerlo.

El niño blanco se acercó silenciosamente a las alforjas, tomó la piedra y avanzó a hacer la ofrenda.

El silencio expresaba respetuosamente la conversión final del niño.


Escrito por: Carlos Arrizabalaga Lizarraga
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Carlos Arrizabalaga Lizarraga

Carlos Arrizabalaga Lizarraga

Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Navarra y Docente en la Universidad de Piura. Es editor en la revista de humanidades Mercurio Peruano.