Arroz con huevo y palta y otros almuerzos por menos de 5 soles en la UNP

Arroz con huevo y palta y otros almuerzos por menos de 5 soles en la UNP

¿Quién dice que se necesita una fortuna para comer bien? En la Universidad Nacional de Piura (UNP) puedes almorzar por menos de cinco soles y se te caen los dientes de lo rico que es. ¿Qué tal te parecen estos platos?

Combinado papa sandwich

Los universitarios comemos apurados, al sobresalto, con la hora encima, tropezándonos. Así, con todas las verbalizaciones y sinónimos existentes de la premura. Por ejemplo, en la UNP, a la una y 45 de la tarde un universitario se le acerca a una vendedora ambulante para comprarle un pan y una papa, no hay tiempo ni dinero para comer un menú. Le comunica su pedido. Pero la mujer, que justo esa mañana se ha levantado muy mal del oído, no le entiende nada.

El estudiante, con un parcial a punto de empezar en diez minutos y el estómago sin recibir bocado desde el desayuno, se desespera. Una papa y un pan. Un sol, para eso me alcanza. Tres minutos para comer, esto tengo. La mujer que de pronto recuerda el arte de la improvisación le embute una papa rellena al pan, le echa mayonesa, chifles, algo de cebolla y se lo entrega. El joven se marcha. Y así, por la necesidad y el apuro nace el “combinado papa sándwich”. Ni a Gastón Acurio se le habría ocurrido, se vende exclusivamente en la nacional, y los estudiantes hacen cola para comprarlo.

Su inventora, Deysy Reyes, dice que lo hizo para ayudar a los jóvenes de bajos recursos. “Pagando un sol se llenan” dice con la voz de quién ha encontrado una solución, que ni al mejor estadista se le habría sobrevenido en sueños, para erradicar el hambre.

Arroz con huevo y palta

“El kiosquito azul” es el único kiosko que tiene dos clases de menú, está en la facultad de Educación, se llama así porque simple y llanamente es azul. Un ataque de originalidad bárbaro. Los profesores van a comer allí, los alumnos también, todos conocen a la dueña y a su perro.

Ella conoce a muchos alumnos y los llama por sus nombres, sabe qué van a pedir, sabe cuándo han cobrado y quieren darse un gusto, sabe cuándo no hay dinero. En especial sabe más sobre lo segundo. Por ello ha creado un plato para los jóvenes que no pueden comprar un menú de seis soles. No lo ha nombrado, pero todos saben cómo pedirlo. Cuesta tres soles y tiene arroz, huevo y palta. ¿Para qué más?

El ceviche de La Ingeniera

La ingeniera tiene veinte años alimentando a muchas generaciones universitarias echadas al placer de comer ceviche de caballa. Con esto les ha matado la resaca a los hermanos mayores, a nuestros amigos de promoción, a nosotros. Ha creado una tradición. Ella no ve gran cosa en haber hecho todo eso. Si tan solo he preparado ceviche, dice. Y luego sigue cortando limón, echando ají, preguntado: ¿con picante o sin picante, joven? Pero sea cual sea tu respuesta, igual le va a echar mil ajíes a ese bendito ceviche.

Comprar chicha es una decisión tácita. Uno se sienta en las mesitas de piedra, bajo los algarrobos, ve a la señora de vestido satén que llaman “la ingeniera” y se siente en una Piura antigua. Un ceviche de tres soles, señora. Te lo trae y parece de cinco. Todos los universitarios de la UNP saben quién es, y ni el desborde del río Piura pudo borrarla. “Una vez vinieron unas gringas, grandotas, a comer caballa” me cuenta, y se ríe.

Gratis: La Carroña

El comedor. Dos salones, 17 mesas, dos oficinas y un televisor. Suenan los platos, hoy han hecho mondonguito con arroz, de postre manzana, y de refresco quizá maracuyá. En la fila hay veinte muchachos esperando su turno para ‘carroñear’. Me meto entre ellos. Es la primera vez que vengo al comedor, y olvidé comprar mi cuchara de plástico, salgo corriendo de la fila y regreso asustado pensando que había perdido mi turno. Pero seguimos esperando media hora más, algunos se impacientan porque ven que la comida se empieza a acabar. Si no se come aquí, ya no se come hasta la noche. De pronto el vigilante nos hace una seña y empezamos a entrar.

Adentro cogemos una gamela, y absurdamente pienso en las películas de soldados. Una cucharada de arroz para ti, otra de mondonguito, y… bueno, nos quedamos parados esperando el tazón de refresco. “Qué refresco muchacho, ya se acabó, avanza nomás. Toma más bien otra cucharada de arroz que estás flaco”. Todos tenemos sed, pero así es la vida.

Afuera empiezan a llegar los metaleros, personajes infaltables en el comedor. Hacen bulla. Detrás de mí se ha sentado una pareja de enamorados. Empiezo a comer, el mondonguito no está mal. Debe ser que estoy de hambre. Atrás la pareja empieza a pelear. Se miran, se retan. Él le regala su manzana, ellos si alcanzaron postre, y le pide disculpas. Parece que es una bonita historia de reconciliación dentro del comedor de una universidad pública, con mondonguito y todo. Y una ayudante baldeando el piso, mientras estamos a medio comer, gritando que nos apuremos, que ya se acaba todo.

Y me atraganto, como rápido, regreso mi gamela por una ventanita y salgo. Vendré más seguido, estoy algo flaco.

Por Leandro Amaya

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