Afecto y desarraigo

Afecto y desarraigo

Si los quieres, dales alas y déjalos volar. Es el principio del amor y respeto por otro ser humano, especialmente si se refiere a los hijos, pero es extensible a cualquier persona querida. En mayor o menor grado los padres los vamos moldeando dándoles enseñanzas y ejemplos desinteresadamente. Les damos alas para explorar el espacio y encontrar su propio mundo, pero a veces los queremos retener a nuestro lado. Tendríamos que preguntarnos: ¿si ya les dimos alas para volar, se las cortaríamos para retenerlos?

La reflexión viene al caso porque mi hija mayor acaba de ser contratada en una empresa de los Emiratos Árabes y ya tomó la decisión de irse. Por supuesto que cuenta con nuestro total apoyo. La alentamos y felicitamos por tan importante logro, ayudándola en sus preparativos y coordinaciones con información y contactos.

Ya llegará el momento de los consejos, por ahora estamos rebosantes de orgullo y compartiendo la noticia con familiares y amigos. Y dejamos aparte la pugna entre orgullo, preocupación y tristeza. Orgullo por su conquista, preocupación por el destino desconocido, tristeza por la partida ¿Cuál prevalece?

Por lejos que se vaya, siempre será un consuelo la facilidad con que ahora nos podemos conectar en las redes. Es algo, pero no hay nada como el contacto presencial. Ella vivirá otra realidad y no podrá venir a visitarnos cada semana, como hace ahora que ya se ha mudado a vivir sola.

Los recuerdos van a aflorar con más frecuencia. Mi hija nació en Toronto, donde emigré con mi esposa hacia fines de los 80. Como inmigrantes teníamos que ocuparnos de todo desde su crianza hasta el cuidado del hogar, compras, trámites y combinarlo con mi trabajo. Eso nos permitió desarrollar con ella un vínculo muy cercano. La sacábamos a pasear en cochecito o a trotar en mi caso, o la costumbre de rezar con ella y contarle cuentos, reír y llorar juntos.

En una foto que tengo se congrega esta afortunada combinación de trabajo y afecto: estoy escribiendo mi currículo con una mano mientras con la otra sostengo sobre mis hombros a Natalie de meses. Esa imagen lo dice todo. La infancia vivida es la patria verdadera.


Escrito por: Joaquín Schwalb Helguero
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Joaquín Schwalb Helguero

Joaquín Schwalb Helguero

Colaborador de El Tiempo.