Pistas de la indignación

Pistas de la indignación

Hace buen tiempo que se me acabaron las ganas de manejar un auto en Piura. El último devaneo romántico con mi viejo Nissan y las pistas parece que se diluyó entre las aguas fangosas y atrevidas del río Piura, tras el desborde de marzo.

Desde allí es para mí, como lo debe ser para muchos de mis paisanos motorizados, un suplicio diario abrir los ojos cada mañana y ser consciente que debemos enfrentarnos al estrés traumático que origina el tráfico denso y caótico; a la aventura inquietante de atravesar huecos, cangrejeras y zanjas, cada vez más grandes, profundas y asesinas, que lo mismo desarticula las rótulas, palieres y latas de los carros más recios, así como los riñones, el hígado y hasta la próstata de los sufridos conductores; con el riesgo de quedar idiotizados por el resto del día.

He llegado a la conclusión que manejar por las calles de Piura exaspera, irrita y hasta enferma el alma y, lo que es más peligroso, pone lerdo a cualquiera. No es gratificante para nadie al volante circular hoy de tumbo en tumbo; meter el carro contrasentido y entre gigantes de tres y seis ejes.

No es complaciente torear a los mototaxistas obtusos, irritados y torpes que corren en caravana arrastrando esas ruidosas carretas de tres ruedas y que al menor roce se desbaratan o vuelcan dramáticamente, corriéndote el riesgo de terminar en la comisaria y luego en la sanidad policial donde te interrogan como delincuente, te extraen sangre a ver si te quedan restos de alcohol que nunca bebiste, y en el peor de los casos, asistiendo financieramente a pasajeros y al mismo mototaxista que de repente les aparecieron múltiples males y dolencias.

Tampoco es grato para ningún piurano decente, tener que andar mentándoles la madre a cuanto descocado y audaz motociclista te mete la moto por cualquier costado, ignorando las regla de tránsito y educación vial, llevándose de encuentro los espejos exteriores de tu carro, cuando no, rallando la pintura de tu bebé metálico. Es el fin de semana, cuando toca lavado, que te das cuentas y empiezas a sumar ralladuras, hendidura de latas o machas multicolores de quién sabe cuántos vehículos más se rozaron con el parachoques y puertas, en esos coqueteos de enllantados sórdidos e impetuosos.

Tampoco resulta hoy tan seductora la idea de pasarte más de una hora con el trasero adormecido al quedar atrapado en el tráfico apretado durante las horas punta, inmovilizado por la fuerza de las llantas y las latas crujientes de los camiones enormes; fatigado e idiotizado por cansancio y por estrés, tratando de entretenerte con las noticias del día, repitiendo algún mantra u oración, como último consuelo para no bajar de tu vehículo, desnudarte en plena calle y mandar a todos al mismo infierno, antes de agarrarte a golpes con el taxista obstinado que te capea con su destartalado vehículo, o te atormenta con la bocina por la retaguardia, exigiéndote pasarte la luz roja o atropellar a la anciana que lentamente cruza la pista.

En verdad, no siento hoy ningún placer manejar por las pistas de Piura. No existe sensación alguna de libertad o alegría hacerlo, como intentan convencernos quienes venden vehículos. No hay sentido de plenitud ni mucho menos excitación gratificante por la velocidad o la brisa saludable, como lo sienten los perros falderos que saca la cabeza por la ventanilla del auto cuando los llevas de paseo. No, no hay nada de eso hoy en Piura. Todo lo contrario, bajo este imperio viril del caos, las cangrejeras inverosímiles y la viveza descarada de taxistas y mototaxistas, solo se suma el tiempo perdido y una enorme grieta en la paciencia y el sentido cognitivo de quienes hemos tenido la mala suerte de soportar por meses y años, la amnesia y el desgano de las autoridades elegidas por sus promesas que resultaron ser, a estas alturas, una impúdica y avasalladora estafa.

Lo único que nos queda en medio de este escenario casi apocalíptico de nuestras calles es –resignadamente-, caminar. Así es. Volver a nuestros orígenes de nómadas aventureros. Andar en dos piernas, trotar o deambular hasta el trabajo, el colegio o los centros comerciales, etc. Claro, con el riesgo de pasar a engrosar las estadísticas de asaltados por los raqueteros en moto; caer en una zanja abandonada o buzón sin tapa, o en el mejor de los casos, regresar sano y salvo a casita, pero con el cabello, las cejas y las fosas nasales saturada de polvo amarillento y con el sabor a fango contaminado en la boca.

¿Un taxi? Es una opción válida, si es que no se te acaba el presupuesto del mes pagando carreras como si te llevaran a Sullana o Talara. Solo por recorrer 10 o 15 cuadras, el más consciente taxista te quiere cobrar hasta 10 soles si te ve bien peinado, y eso con regateo. De yapa, el taxista te cuenta sus penurias que giran en torno a su herramienta de trabajo maltratada por los huecos y el polvo, y ganas no faltan de sentarse a llorar con él.

¿Una mototaxi? También es opción aunque llegues a tu destino sordo por la bulla y con el alma en vilo por las maniobras suicidas de los conductores obtusos para las normas de tránsito y urbanidad. ¿Una moto lineal? Si es que no te amas a ti mismo y quieres ahorrarte un sol, puedes trepar a una, tal vez sea tu último paseo en ruedas. Si tienes suerte, podrías solo terminar con el cráneo perforado, pero vivito y despeinado; o rengueando al fracturarte una pierna o brazo. No olvides que las motos lideran la racha de accidentes en las pistas y son los que más muertes han reportado en los últimos 12 meses.

¿Qué nos queda? Casi no hay opciones, salvo el bus o la combi chatarrera, pero asegúrate de salir temprano, no llevar dinero ni dejar que nadie se te acerque o te sobe por los pasadizos, porque a la menor distracción podrías perder la billetera, el celular o la candidez de tu mirada.

Estamos en Piura, señores, y no hay muchas opciones para ir de un lado a otro, salvo armarnos de paciencia divina para esperar a que terminen los trabajos y que esta reconstrucción, que nos han vendido como el paraíso anhelado, devuelva a nuestras calles y avenidas la pistas saludables y seditas de antaño, la señalización y las ganas de respirar oxígeno limpio antes que polvo contaminado con las mil aguas de alcantarillas. Solo allí, tal vez, volveré a agarrar el timón…

Una crónica de José Neyra Moncada. 

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