Editorial: Decepciones políticas

Editorial: Decepciones políticas

La detención de Keiko Fujimori coloca al partido Fuerza Popular en una nueva crisis. Pero este trance no es privativo de la agrupación naranja: es propio de la política nacional.

Darnos cuenta del alcance de los tentáculos de Odebrecht en el Perú profundiza la desconfianza de la ciudadanía en los políticos. El principio regente del Estado y la política -es decir, el servicio- se ha perdido bajo el peso y el polvo de expedientes judiciales, se observa al político igual como a aquella sombra que en plena noche crece y parece acercarse a nosotros. El temor, la decepción y quizás el odio se apoderan del alma colectiva peruana y se traduce en votos vengativos, revanchistas o en la más completa y peligrosa indiferencia.

¿En manos de quién está revertir esta crisis y rescatar a la política? ¿De quién es la responsabilidad de dotar a los ciudadanos de mirada crítica pero no amarga, o alejada del corto plazo pero sin caer en utopías?

La labor corresponde al propio Estado mediante sus órganos de justicia; el castigo ejemplar, sin preeminencia de nombres y apellidos, y el rechazo a etiquetar a la justicia y ponerle precio es una tarea educativa que corresponde al Estado llevar a cabo. Pero la ciudadanía también puede crear sus modos alternativos de empoderamiento; la construcción de una sociedad moderna no puede ser obra de sabios de biblioteca ni de políticos profesionales, sino de todo un país capaz de vigilar que las instituciones cumplan su rol. Lo de Keiko Fujimori, seguramente, causa dolor y decepción en muchos ciudadanos y sus militantes. Pero en realidad la situación política del Perú provoca más dolor e incluso lágrimas.

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