En carne viva

En carne viva

La corrupción existe en el mundo desde tiempos inmemoriales. No es exclusiva del país y tampoco de seres taimados que tienen sembrada la “semilla del mal”. El campo de cultivo de la corrupción no es necesariamente la falta de institucionalidad.

Alfredo Bullard, en su artículo “La maldad del ‘buena gente’”, publicado en El Comercio, señala que el mal no es patrimonio de los malvados y que aunque las reglas de los organismos creados para su control pueden ser excelentes, el problema es que estas no son respetadas por sus socios o ciudadanos.

Se suele decir que en el Perú no tenemos instituciones, pero en realidad abundan. Paradójicamente, las más sólidas y vigentes son las más perversas. “Las instituciones son las reglas de juego, son los límites y permisos a la conducta que experimentamos y que explican por qué hacemos las cosas”.

Tristemente todo se corrompe, los hombres honestos por malas influencias o por exceso de poder; las instituciones por proliferación de coimas o por otras extendidas malas prácticas. El problema mayor es que si todos pecan, nadie puede acusar.

Odebrecht no es el único caso, pero el destape ha sido brutal y la herida ha quedado expuesta en carne viva. El cuerpo de la herida somos todos. Nos afecta y nos agarra desarmados. ¿Quién se libra? Pecamos de tolerantes y no solemos indignarnos. Antes del destape “ya sabíamos” sin necesidad de pruebas que tal o cual obra había sido adjudicada a tal o cual constructora fruto de “licitaciones” arregladas. Lo malo es que pocos protestaban y la sociedad no condenaba el proceso: el procedimiento era usual; no era noticia.

Esto nos viene desde la época de la colonia. Para no ir tan lejos, en 1900 en la era del guano de las islas, la casa Grace, que controlaba importantes rubros de las exportaciones, ya se preocupaba por mantener amistosas relaciones con todos los gobiernos, velando por sus propios intereses. ¿Acaso no nos suena familiar? Así era y nadie protestaba.

Las reformas necesarias en el Perú son problemáticas porque esta tramposa institucionalidad es tan fuerte y arraigada y goza de tanta aceptación que vivimos con ella y ya forma parte de nuestra idiosincrasia. ¿Qué haremos?

“La corrupción lleva infinitos disfraces”. Frank Herbert.


Escrito por: Joaquín Schwalb Helguero
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Joaquín Schwalb Helguero

Joaquín Schwalb Helguero

Colaborador de El Tiempo.