El abrazo eterno

El abrazo eterno

De niño quería ser basquetbolista. En cambio, el sueño de mi hermano mayor siempre fue ser futbolista y esa enfermedad futbolera me pegó por el año 2003 cuando vi como Perú goleaba 4 a 1 a Paraguay mientras cenábamos en un chifa tradicional de Pucallpa con mi familia (si mi memoria no me falla). Desde aquel momento, mi sueño siempre fue hacer el gol que lleve a Perú a un mundial. Claro está que nunca se cumplió y hoy por hoy resulta casi imposible de realizarse, sin embargo, entendí que el amor no es al deporte sino al equipo que te representa.

Siempre a los peruanos nos costó todo. Nos costó independizarnos, perdimos guerras y ganamos unas cuántas, nos sigue costando levantarnos cada día y lidiar con problemas personales o familiares, del trabajo, de lo académico, de la vida. Para salir adelante en nuestro país no basta con esfuerzo y dedicación, sino con una pizca de “pasión” en lo que haces y eso es lo que fui aprendiendo a medida de que iban pasando los años y desarrollaba mis sueños en metas como, por ejemplo, jugar fútbol profesionalmente o tapar en algún campeonato interescolar. Pero me costó tanto seguir y no bajar los brazos y el mundial cada vez estaba más lejos.

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Pero, ¿por qué nos cuesta tanto? Los que nos hacemos llamar “deportistas”, o por lo menos hacemos algún deporte como hobby, lo hacemos por amor. El fútbol es una cuota de vida que tenemos que pagar hasta el día que la tierra nos coma, pero cada mes será de pasión y locura. Esa misma pasión que se apagaba en el corazón de los peruanos cada 4 años por el reflejo de la selección peruana de fútbol. Nos hemos visto influenciados por lo mal que nos representan, los continuos fracasos y la falta de amor por la camiseta hizo que el egoísmo y la ironía se apoderara de nosotros.

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Hasta este momento. Este instante en el que ya no nos tiene que costar nada porque ya llegamos al final del camino, a ese día que soñamos con meter el gol al último minuto y celebrarlo con la hinchada, sacarte el polo y con ese mismo secarte las lágrimas, abrazar a tu mamá y a tu papá en la tribuna, decirles que los quieres, que la gente se meta a la cancha y te cargué en brazos, bajar un momento, ver a tu enamorada a lo lejos y besarla como en la película “Gol” y llorar más.

Dediquemos nuestra vida al miércoles, al partido que marcará un antes y un después posiblemente en la historia de un país, nos puede hacer volver a CREER y a querernos, valorarnos como nunca antes lo hubiésemos hecho. ¿Qué son 90 minutos cuando hemos estado esperando décadas? Siéntete orgulloso de decir “¡Estamos en el mundial!” y dilo sin miedo. Contaste los meses, los días y las horas para este momento. Toma las calles y celebra con tu familia, con los que te vieron crecer y los que te enseñaron a amar.

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Para ese minuto del pitazo en el que por fin podremos darnos ese abrazo eterno. El que dure 36 segundos y que se sientan como 36 largos años.

Por Fabrizio Castro Carrillo

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