Lucas Jiménez Esta crónica todavía no existe. Estoy en la entrada del mercado de Castilla, primer puesto de fruta, lado derecho. Mandarina a tres soles, plátano a seis por un sol, la papaya subió, me decido por sandía en tajadas. Son más grandes que en otros lugares y dulces y jugosas y cada una viene tapada con bolsita rosada transparente. Ahí tiene casero, muchas gracias. Hay una mezcla de respeto, serenidad y calculada sonrisa en el cuarentón de zapatillas y bermuda que entrega los pedidos en chequera blanca. Las mujeres y caseros que nunca faltan frente a sus fresas, duraznos, manzanas, mandarinas, chirimoyas, deben encontrar muchos plus al comprarle. Y no es solo que la fruta siempre es fresca, ni que los clientes de la puerta Este estamos obligados a pasar frente a su puesto cada vez que entramos al mercado. Dicen los rumores que siempre circulan, pero nunca se sabe quién los dice, que en el puesto del frutero de estudiada cortesía, nunca hay hormigas, ni gotas de jugo meloso, porque no se cansa de revisar y sacar lustre a todo. Con el detalle que la fruta apenas malograda no va al basurero, sino a las manos de los locos, pordioseros y “vagos” que nunca faltan. Y así los tiene de buen lado para evitar atracos. Que personajes populares como el “Apache” y el mítico “Greco”, bautizado por algunos periódicos como el salvador de los caídos en el río, siempre encuentra en este “colorao” de raya en medio, la solidaridad de una mandarina apenas malogradita, o de un seda muy maduro. Si hasta un memorial con firmas llegó a su puesto una mañana, pidiéndole que deje de recibir a los harapientos, porque se acostumbrán a venir por aquí, dan mal aspecto, alejan a los clientes. Y, él con sonrisita estudiada, que en lugar de botar la fruta que ya no se vende por qué no dársela a esa gente, hombre. Pero todo eso solo lo saben los colegas de los puestos. Para sus clientes de todos los días, los que recibimos a diario el kilo de fruta seleccionada, en elegante bolsa de a diez centavos, él es de esos rostros que llegan a hacerse tan familiares en la mente, aunque lleves años y hasta décadas sin saber ni siquiera su nombre. La mayoría de quienes le compramos kilos de cortesía renovada, recién nos enteramos que él se llama Celestino, cuando lo leemos escrito encima de su puesto cerrado. Entonces nos quedamos con la palabra en la boca abierta, porque, en lugar del amable “casero qué va a llevar”, nos recibe la mudez de una foto, el rostro de un cuarentón igual de sonriente, pero impreso en tamaño gigante. Ya no hay manos sacando lustre a la manzana, solo una mirada estática, congelada debajo de un “todos tus amigos del mercado de Castilla te recordaremos siempre. Te queremos Celi”. Al pie de la foto, encima de una de las mesas, en lugar de pepinos hay un vaso de chicha o de agua y un depósito con monedas de ayuda humanitaria. Hay llantos, miradas compasivas, son lágrimas de gente que ni siquiera es su familia, pero ahora se suman comentarios a su buena imagen cada vez más mítica que no deja de crecer. ¿Las vidas de todos los Celestinos harán honor a su nombre nada terrenal, como el hombre de las manzanas lustrosas? Dicen que al volver por fruta y encontrar su foto con sonrisa de difunto, el “Greco” y el “Apache” también lloraron y se desviaron a otros mercados, sin nada entre las manos. Y que en el sepelio la multitud que siguió al féretro en siete buses y tantos autos y mototaxis, no dejó que lo lleven en carroza fúnebre. Lo cargaron hasta el panteón de La Primavera donde no solo su esposa, su madre y sus hermanos, sino decenas de conocidos y no tan conocidos igualmente lo lloraron. -Busque al vendedor de verdura que le dicen Maradona-, me orienta un comerciante de sandías dos semanas después de la muerte de Celi. Maradona no tiene baja estatura, sino más de metro ochenta y cinco y se llama José Rueda. No necesito rogar tanto para que (“ese día él fue a dejarme a mi casa y después se accidentó”), deje activarse en su cabeza el terremoto de la nostalgia. Vuelve a mirarse con el Celi jugando, él de bax central y Maradona de arquero, para el San Miguel de Catacaos o para Los Halcones de la Nueva Esperanza. Otras veces lo recuera intelectual en sus dos años de estudiante de Ingeniería en la UNP o estudiando Electrónica en el Tecnológico; después, (a sol cincuenta la papa, señora) vuelve mentalmente a esa última tarde en el restaurante de siempre, charlando para alejar las tensiones de un día agitado, de caseras irascibles o viejos apurados. Bebidas mediante, Celestino deja de ser el señor frutas y como de costumbre vuelve a hablar de sus cuatro amores, de su madre de 89, de su hija de un año y de sus hermanos mayores. Bromas van, recuerdos vienen, al final de la charla, Celi pasa por la urbanización Santa Margarita dejando a Maradona en su nueva casa. Un día más, hermano. Mañana será otro día. El hombre de la verdura lo ve irse en la Zongshen azul de mandil, hasta confundirse en la avenida Chulucanas. Y ya no sabe más. Sólo horas después corre la novedad. El comerciante Celestino Castillo Samaniego de 47 y camisa a cuadros se chocó contra una mototaxi, cerca del grifo de la esquina con Circunvalación. Murió al salir despedido. Eso le contaron a Maradona. Desde entonces no ha dejado de darle vuelta la idea de que no le dio tiempo para agradecerle lo suficiente. Y es que un día, hace dos años Celi me salvó la vida, dice cuando por fin dejan de comprarle brócoli, tomate, lechuga. Estuve defendiendo a un muchacho de unos pandilleros en Nueva Esperanza, pero me atacaron a mí. Mira lo que me hicieron, aquí está la cicatriz en la frente. Entre la nalga y la espalda también me hirieron. Quedé herido. De gravedad me hirieron. Él (Celestino, ese vago como le decía de cariño) me llevó al hospital Santa Rosa, me libró de la muerte. Dos meses estuve en cama. No hubo día que no me visitara. Ta que era bien bacán el pata. De verdad. A pocos pasos de allí, Celi impreso en la foto gigante sigue sonriendo: “Cerrado por fallecimiento del conductor arrendatario. No tocar, no manipular, no arrojar basura, bajo penalidad”, escribió algún funcionario o secretaria municipal en un aviso pegado en el puesto sellado desde su muerte. Es como si hasta los municipales se resistieran a sacar de allí la mirada de Celi. Maradona se queda observando los retazos de cielo que alumbran sus lechugas, se pregunta sin mirar a ninguna parte, por qué su amigo del barrio en Nueva Esperanza no le haría caso el día en que le aconsejó no comprarse la moto. Después sus pupilas acostumbradas a verificar billetes y monedas con precisión microscópica, se mueven acompañados de una mueca de secreto: -Cómo es la vida: él me salvó y ya no está para que yo haga algo por él. Por eso, para ayudar a su esposa y a su hijita, le estoy organizando para este domingo (2 de diciembre ) una parrillada solidaria.
Del dulce negocio de las frutas, al trago amargo del adiós
- Published: 201 días ago on 30 noviembre, 2012
- By: Diario El Tiempo
- Last Modified: noviembre 30, 2012 @ 10:11 am
- Filed Under: Destacadas, Local
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Que en paz descases Celestino.
Que el Señor le acoja en su reino celeste a este cuidadano castellano, que a su manera no se olvido de los mas pobres .